miércoles, 29 de octubre de 2014

JUAN VALDANO Y LA NACIÓN MESTIZA

Una visión crítica de la novela Mientras llega el día*.


Gloria Riera Rodríguez
Universidad de Cuenca, Ecuador
      JUAN VALDANO pertenece a una generación de escritores ecuatorianos que ha desarrollado una fructífera carrera literaria, concentrada en la narrativa y en el ensayo. Su formación universitaria, enriquecida con aportes de la historia, ha nutrido la línea temática de sus obras: un intenso apego a los discursos históricos, marcado por preocupaciones de carácter social y cultural. Como ensayista, (1) Valdano ve al Ecuador como un ente histórico que se ha ido configurando por siglos entre un cúmulo de coincidencias y discordias internas y externas, en busca siempre de su definición. Reflexiona sobre las formas de cultura a partir de los valores e ideologías vigentes en nuestra sociedad. Su novela Mientras llega el día (1990) aparece luego de que el autor ha rondado por el panorama histórico-literario del país y, mediante él, ha cuestionado las dimensiones culturales del quehacer literario de la nación. Sus obras posteriores caminan, de forma similar, por la frontera verdad/ficción, siempre deseosas de desentrañar los resortes identitarios de la nación ecuatoriana.

Mientras llega el día (2)  se concentra en los hechos que ocurrieron en el actual Ecuador, el 2 de Agosto de 1810. Lo que acaeció en dichos momentos, en realidad, fue la consecuencia de una serie de acontecimientos anteriores que comenzaron con la instalación de la Primera Junta de Gobierno Soberana en Quito, el 10 de Agosto de 1809. El antecedente histórico relata que en 1808 llegó a Quito a ocupar el cargo de Presidente el Conde Manuel Ruiz de Castilla, comandante del pelotón de ejecución de Túpac Amaru. El  10 de Agosto del siguiente año, un grupo de quiteños lo destituyen, le comunican la decisión y la conformación de la Junta Suprema que actuaría sin intervención de la Corona española. Meses más tarde, Ruiz retomó el poder y todos quienes habían participado en el movimiento fueron perseguidos, encarcelados y asesinados en una matanza hartamente recordada, sucedida el 2 de Agosto de 1810.

     Desde Pedro Matías Ampudia, un mestizo de sólida formación intelectual, heredero y discípulo de la doctrina de Espejo, la trama hilvana una serie de aconteceres enfocados en la búsqueda de los cabecillas del movimiento que se atrevió a deponer al representante del gobierno español meses atrás. El militar Bermúdez encabeza la persecución ya que Montejo –gobernante regente, vetusto y enfermo– es incapaz de llevar a cabo tal acometido.Mientras tanto, en el ambiente quiteño, descrito en su cotidianidad, las ideas libertarias están encendidas como mechas a punto de estallar. Personajes de distinta raigambre sienten la rabia por la prisión de aquellos líderes y desean liberarlos como parte de su sentir herido por el dominio español. Uno de esos personajes populares que destaca es Judith, pareja de Ampudia. Junto con los demás, urde una serie de hechos para liberar a Ampudia –capturado ya– y a los demás prisioneros. La recuperación de los encarcelados, sumada a la vorágine de los soldados de Bermúdez, desemboca en un cruento episodio que culmina con la muerte de muchos civiles, entre ellos, Ampudia. ¿Qué connotaciones presenta esta muerte final y los episodios imaginados por Valdano?, ¿qué novedades trae la reiteración de un hecho histórico hambrientamente visitado por el archivo?

     Es importante partir del significado que tiene esta “revuelta” en la conciencia histórica ecuatoriana y con qué perspectiva encarna Valdano el acontecimiento. De hecho, la forja de la identidad de este país tiene un fuerte cimiento en este suceso. Quito, Luz de América, capital de los ecuatorianos, ostenta ese inmenso adjetivo apoyándose en el documento histórico que la convirtió en un pueblo precursor por antonomasia. Como hecho fundante, ha sido un acontecimiento que ha concitado también innumerables atenciones del historiador. Uno de los ejes de estudio ha sido la filiación de los protagonistas que proclamaron la Primera Junta de Gobierno en 1809 y el significado posterior del hecho. Las primeras obras históricas dieron por hecho intangible que las voces preclaras del movimiento eran nobles quiteños criollos. (3) Esa visión redominó por muchos años. Solo más tarde, Roberto Andrade en su Historia del Ecuador (1937), desde una posición menos conservadora, concluye que los verdaderos revolucionarios de 1809 fueron los sectores populares e intelectuales, y que los criollos traicionaron la causa libertaria. Manuel María Borrero, en 1962, con ocasión del sesquicentenario del 10 de Agosto, concluye igualmente que los héroes de este grito fueron “los letrados y jurisconsultos, los militares criollos, la gente de poca fortuna, industria y comercio”.(4) No son las únicas interpelaciones, pero son las que posiblemente inquietaron más a Valdano. Y lo hicieron porque tras la filiación requerida de los verdaderos protagonistas del movimiento se apareja un conjunto de contenidos decisorios que justifican nociones de poder. Es conocido que los herederos directos o indirectos de los primeros patriotas criollos utilizaron su origen como signo de casta y prestigio, y es conocido también que las posiciones históricas muchas veces se enclaustraron en perspectivas conservadoras, defensoras de la tradición. (5)

       En la novela de Valdano, el movimiento pre-independentista que se narra no es visto como una manifestación de un incipiente nacionalismo americano de raíces criollas, sino como un movimiento eclosionado por el ardor de un colectivo mestizo, que busca superar viejos agravios. Aunque al principio los criollos llevan la batuta del reclamo, posteriormente ellos traicionan los anhelos libertarios: 
“Yo no le pediría a él ni a ningún criollo rico un solo céntimo por la causa de la revolución. Buena experiencia tuvimos con marqueses y marquesitas. Ellos atendieron más a la vanidad que a su libertad. […] ¿Acaso el pueblo, ese pueblo sucio de los barrios de Quito no pueden hacer revolución sin contar con los marqueses? […] el pueblo de esta ciudad no es manso ni sufridor como en otras partes”. (6)

    Tal es así que la referencia a sucesos anteriores como la revuelta de los estancos –de verdadera matriz popular– es mencionado como un importante referente. En consecuencia, y con una lúcida visión contrahegemónica, el autor parece decir que el momento que realmente merece ser recordado no es la Junta inicial promovida por criollos, sino el valor popular desplegado en los acontecimientos de aquel lejano 2 de Agosto. Y los héroes que deben recodarse no son los laudados de siempre, sino un compuesto popular encabezado por su ficcional Ampudia.

     En consonancia con esa visión renovada de la historia, de la revuelta que narra la obra, surgen los personajes de la novela. Los criollos tan celebérrimos actúan, en la obra, como personajes secundarios. Los protagonistas son mestizos, indios y gente del pueblo. El que encabeza el reparto es Pedro Matías Ampudia, hijo de padre español y madre india. Nació en una cuna totémica, en medio de cerros y apadrinado por el fuego de los volcanes. Su protagonismo viene a representar a todas las voces medias, gestoras de la epopeya que marcó el paso hacia lo que más tarde sería la independencia definitiva. Con esta figuración, Ampudia, el protagonista de la obra y quien ejecuta y sufre la mayoría de las peripecias, sería el representante de lo que Lukacs denominó el “héroe mediano”, (7) un personaje que se encuentra entre el individuo que se esconde en la masa y el prócer de la nación recordado por los libros oficiales. Los otros héroes que merecen recordarse son también populares. En ese conglomerado resalta la astucia de Judith para reprimir las fuerzas coloniales y atacarlas desde sus puntos débiles: arrogancia y lujuria. Los mestizos Florencio; Pacho, el sacristán; Pablo Salas, el escultor de oficio; y todas esas mujeres de fe quienes convocan a esas voces marginales que la memoria oficial olvidaba y que Valdano celebra. El autor no olvida mencionar a un personaje indígena, Julián, mensajero discreto, iluminado, es recreado como un actor con clara conciencia de su condición y del significado de la revuelta pre-independentista: “Todos los indios, queremos dejar de ser bestias de carga y si la revolución es libertad […] hay esperanzas de que los indios volvamos a ser humanos”. (8) Tan clara es su percepción de los hechos que, cuando comprende que los ideales de todos los indígenas se secundarizan, deserta de las lides de los mestizos.

      La importancia de estas alusiones es que coinciden con los modernos estudios históricos que destacan cómo el Quito de ese entonces se movió con el vaivén que la agitación social colectiva produjo. En efecto, este período que se extiende hasta 1812 tiene como seres hegemónicos a los habitantes de los barrios populares poblados de mestizos y de indios, “en especial San Roque, San Blas y las carnicerías, en la actual Plaza del Teatro”.(9) Valdano logra captar esa imagen de convulsión con su texto:
“Grupos de vecinos de cada barrio se han reunido secretamente y a puerta cerrada en conventos. Todos se preparan para este viernes. Los herreros están forjando lanzas, espadas, picas, machetes, cuchillos. Los armeros están desherrumbando trabucos, fabricando escopetas y los sastres han dejado sus obras habituales y ahora se han puesto a hilvanar banderas rojas. Quito se ha convertido en una gran fábrica de la revolución”. (10)
      Este ambiente de agitación social que alcanzó hasta la instalación de la Segunda Junta Soberana, según lo dicen las fuentes, vio morir a centenares de personas en las calles de la ciudad. La obra rinde culto a esta presencia al asignarle una preeminencia notable y al concebir su texto desde la conmoción que generaron los eventos del 2 de Agosto, sustrato de los acontecimientos posteriores. Un procedimiento retórico ayuda en esta evocación: la presencia de las coplas que inauguran cada capítulo. Muchas de ellas son de extracción eminentemente popular. Son voces anónimas posibles –y reales– que circularon por la capital y están llenas de ese sentimiento de rebeldía, de sapiencia, instigadoras por ese carácter y presentes por ese efecto.

      Pero Valdano no busca crear una visión idealizada de los mestizos con el protagonismo que les asigna. También destaca ese otro lado, el oportunista y vivaracho, el ruin y cobarde, representado con especificidad en la vieja Candelaria, el bachiller Guzmán y Melchor. Recordemos que el mestizo no existe como un bloque homogéneo, ya que no solo puede ser entendido como una categoría biológica sino también social y cultural, vacilación que toma en cuenta el novelista. Como categoría identificatoria, el término está cargado de bipolaridad y contradicciones que el autor muestra al traer a colación ese sentimiento de vacilación, de duda, de identidad conflictiva, que marca las acciones de sus personajes. Por eso mismo, esos “otros” mestizos demuestran que la conciencia revolucionaria no calaba por igual en todos los grupos y que, unos cuantos (¿muchos?), podían sacrificar todo el afán común por sus empeños personales. Candelaria, Celestina infortunada, es presa todavía de una ideología colonial dependiente a medio camino con las nuevas inquietudes –como el personaje de Rojas, lleno de manchas medievales– y que exhibirá con ello toda la mentalidad conservadora posterior.A través de Guzmán, el ilustrado, el que anteponía Bachiller a su nombre,Valdano presenta una muestra literaria de cómo la incertidumbre identitaria (11) (ese enfrentamiento entre el ser y la apariencia) podría ser resuelta con el uso del disfraz, una estrategia que permite ocultar el verdadero rostro.Herencia patente de Icaza, este chulla asume su identidad desde el arte de la simulación, entre el ser y no ser. Con ello, Valdano configura una sociedad plural, donde las formas de asumirse y entenderse se diversifican y, sobre todo, da a entender cómo adquirir esta conciencia establece las bases ideológicas de la emancipación de las colonias.

     Para explicarlo mejor regreso a la novela. En ella leemos que, pese a la autopercepción manifiesta de subyugación que sienten las clases mestizas, se encuentra el dilema constante de la autodeterminación del mestizo, que divaga entre la matriz nativa y la matriz colonial. El mestizo es entendido como el ser bastardo que no sabe si amar su origen o aborrecerlo. Pedro Matías ayuda de manera precisa al autor para examinar estos resortes. El novelista lo trabaja –intencionalmente entiendo yo– desde la complejidad de su identidad. En momentos de la narración pone en su boca la irrebatible conciencia de su ser mestizo: “Resulta evidente que no soy un hispano como mi lejano abuelo, don Juan de Ampudia; ni tampoco soy un indio como mi antepasada mama Nati”. (12) En otros pasajes, Pedro Matías se asume como criollo: “Él me miró sorprendido, pues no era usual que un chapetón o criollo ofreciera su mano a un indígena”, (13) e incluso se describe como descendiente directo de una virgen del sol.

      La evocación identitaria atestigua el verdadero sentido de libertad que añoran las nacientes repúblicas, porque ¿qué significa para un americano mestizo emanciparse, como hijo rebelde, de los lazos maternos?, ¿puede en realidad hacerlo?, ¿de qué o de quién busca marcar distancia? Independencia o justicia, he aquí los móviles de la acción revolucionaria. Valdano se inquieta con su personaje porque desea precisar si la independencia debe ser tomada como un afán de justicia –que busca el mestizo por no ser tratado igual que un español–, o si es un sentimiento de venganza el que lo alcanza por todos los desórdenes que sufrió su progenie, su parte india. Luego analiza que la independencia no puede ser entendida como justicia porque para el indio no existe cambio en su condición, y que no puede ser venganza porque, como dice el padre del personaje, un Ampudia no puede vengarse contra sí mismo. Esta incertidumbre es muy similar a la que vive el Miranda de Romero según lo revisado. Pedro Matías resuelve el dilema desgajándose de ambas sangres, llegando a convertirse en un huérfano de todas las sangres.En su resolución fue factor importante Eugenio Espejo. Aquel, un precursor ilustre de la independencia del país, emergió como sombra del pasado, y en el delirio y éxtasis de Ampudia le hizo entender que esas contradicciones y las sombras inicuas del pasado son las que deben eliminarse: “Hay que exorcizar a los demonios que surgen de las sombras del pasado, solo así se puede empezar el nuevo camino de libertad”. (14).  Quizá, de esa manera es cómo Valdano entiende el sentido de la independencia en nuestro presente.La orfandad que él concita en Pedro, explicada y justificada históricamente, ayuda en la emancipación. Al apuntar que en la sociedad colonial ese sentimiento de ausencia del padre era sostenido por el indio, el mestizo y el criollo, y que la sociedad misma se sentía ilegítima (15) (el indio lo era porque se había quedado sin su gran protector inca, el criollo porque constataba cada vez que su “madre patria” no lo trataba con la deferencia que él aspiraba, y lo era el mestizo por la literal ausencia del progenitor quien debía cubrir su desliz con la india), invoca una ambición profunda de dejar de serlo. Luego,la orfandad es la piedra que dará sostén al nuevo orden, porque implica superar los vestigios de ese olvido paternal y configura a un nuevo ser, a un ‘otro’ renovado que labra su propio destino y forja una nueva filiación, de esa manera deja salir el agua estancada de sus angustias que por tanto tiempo le habían impedido caminar. Vista así, la novela paraleliza el movimiento político –Independencia– con un movimiento cultural –mestizaje– para desarrollar una conciencia crítica de lo nacional, que parte de la autoidentificación del yo frente a la alteridad y se constituye de esta manera en una estrategia cognoscitiva y ontológica del ser.

     Temporalmente hablando, la novela establece un diálogo constante entre el presente de los personajes y su futuro, tiempo que es el presente del lector y, en algunos momentos, también del narrador. En otros episodios, incluso se pierde la línea que separa el presente del futuro, presente que es para nosotros pasado. Esta conversación de los tiempos puede ser seguida por dos caminos. El primero, nos lleva a considerar la historia de lo nacional desde un pasado que ha seguido una ruta que no puede obviarse para continuar transitando por él. No se trata de un sentido teleológico, sino más causal, puesto que ese trecho común nos aúna con el pasado. El segundo trayecto busca dejar claro el peso de aquellos momentos germinales en la conciencia de los ciudadanos: recordando a los héroes se mitifica su acción y se los convierte en seres que todavía modelan a los ciudadanos del presente, así lo leemos bajo las letras de un claro anacronismo: “Es posible que morir por una causa justa no sea morir del todo. Al menos nos recordará la posteridad”. (16)

     La obra de Valdano, para culminar, está más concentrada en un punto geopolítico, a diferencia de la de Romero, porque establece su bastión con exactitud. Con tal visión, ancla la fundación de la nación ecuatoriana desde la memoria de los sucesos trágicos de 1810, no desde el orgullo de la Primera Junta Soberana. Este dolor está fraguado con preeminencia por la sangre de la población común, mestiza, chola, que circunda la ciudad y, por supuesto, la de los criollos. El heroísmo, las virtudes y los sacrificios de los ancestros de los quiteños se convierten en una gesta que enriquece, renueva y afirma como grandioso el tan mentado Primer Grito de Independencia no por los orígenes que lo instalan, sino por el despertar que propicia en un colectivo. El hecho es digno de rememorarse en cuanto confirma el rol de la capital en su condición de pionera y en cuanto considera un interesante punto de vista sobre el significado de la gesta independentista: “es necesario expulsar la colonia de nuestras almas. Liberarnos de ella, con todos sus prejuicios y taras, debe ser también liberarnos de una parte odiosa de nosotros mismos”.(17) Pensar la Independencia desde una visión contrahegemónica, es ya pensar distinto.
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NOTAS:
 1. Su inquietudes culturales se plasman en ensayos como: “La nación ecuatoriana como interrogante” (1969), Panorama de las generaciones ecuatorianas (1976), La pluma y el cetro (1977),  Ecuador, cultura y generaciones (1985),  Prole del vendaval, ensayo sobre Sociedad, Cultura e Identidad ecuatorianas (1999), “Generaciones e ideologías en el Ecuador”, (2003). A ello se debe sumar su ensayística en torno a textos literarios: Humanismo de Albert Camus (1973), Léxico y símbolo en Juan Montalvo (1980), “Introducción a la obra de Juan Montalvo” (1981), “Pecado y expiación en Cumandá: Elementos de una visión del mundo trágica” (1992).
2.. Juan Valdano, Mientras llega el día, Quito, Libresa, 1990.
3. Me refiero concretamente a la obra de Pedro Fermín Cevallos, Historia del Ecuador.Resumen de la historia del Ecuador desde sus origen hasta 1845.
4. Borrero, La Revolución Quiteña 1809-1812, p.7, cit. por Carlos Landázuri, “Balance historiográfico sobre la Independencia en Ecuador (1830-1980)”, en Procesos: revista ecuatoriana de historia, No. 29. Quito, primer semestre de 2009, p. 173.
5. Carlos Landázuri cuenta que el oficialismo de fines del XIX trató de ignorar la obra histórica de Roberto Andrade –tildado de liberal apasionado– porque esta no situó en un papel preeminente, en el movimiento independentista, a los criollos tradicionales.Manuel María Borrero publicó Quito, Luz de América tiempo después y llegó a similares conclusiones que Andrade. Y “como Borrero descendía de prominentes familias coloniales, entre las que hubo patriotas y realistas, los de su clase, la de los antiguos criollos, lo podían considerar no solo enemigo sino traidor. ‘Del monte sale quien el monte quema’ habrían podido decir algunos de los que se sintieron afectados por sus escritos” (p. 173). Para colmo, por los años de publicación de esta obra (1959) gobernaba el país Camilo Ponce, conservador heredero de la vieja aristocracia. Él apoyó las tesis en contra de esta obra y, conjuntamente con el Ministro de Educación, se encargó de “defender la tradición” buscando amparar “los ejemplos que nos da la historia y que son constitutivos de nuestra nacionalidad” (p. 173). La Academia Nacional de Historia dio un dictamen opuesto a la obra de Borrero y otras visiones revisionistas permitiendo con ello el rescate de la tradición creada por Pedro Fermín Cevallos.
6. J. Valdano, Mientras…, p. 93.
7. Cit. por Claudio Maíz, “Releer la historia. La novela hispanoamericana de la conquista”, Cuyo, CONICET, 2003, p. 161.
8. J. Valdano, Mientas…, p. 76.
9. “Efectivamente rara puede suceder que trastornado el orden antiguo por la exaltación de los ánimos, dejen de cometerse los delitos que son consiguientes al frenesí de un Pueblo que habiendo roto el freno de la obediencia, da un libre vuelo a sus pasiones” (Cristóbal Garcés, en su testimonio sobre la época, Expediente 12, p. 225 cit. por Pablo Ospina Peralta, “‘Habiendo roto el freno de la obediencia’. Participación indígena en la insurgencia de Quito, 1809-1812”, en Procesos: revista ecuatoriana de historia, No. 29, Quito, I semestre de 2009, p. 73.
10. J. Valdano, Mientras…, p. 154.
11. “En la sociedad colonial quiteña, criollos y mestizos, sin pretenderlo ni saberlo, resultaban ser trasuntos de los patéticos personajes de la picaresca española. Y es que entonces –como ahora– el adoptar un disfraz, aquel que a cada uno le conviene, no solo llegó a ser un arte –el de la simulación– sino que además se convirtió en una suerte de ética de emergencia, en una necesidad de supervivencia”. (Juan Valdano, Identidad y formas de lo ecuatoriano, Quito, Eskeletra, 2006, p. 124).
12. J. Valdano, Juan, Mientras, p. 85.
13. Ibíd., p. 79.

14. Ibíd., p. 286.
15. J. Valdano, Identidad y formas de lo ecuatoriano, p. 129.
16. Ibid. p.202.
17. Ibid. p.297-

*Tomado de KIPUS, No. 26.  Revista Andina de Letras. Universidad Andina "Simón Bolívar". Quito.  2009.


HISTORIA Y FICCIÓN HISTÓRICA: EL CASO DE "MIENTRAS LLEGA EL DÍA" NOVELA DE JUAN VALDANO*


                                                                           C. Michael Waag
                                                                   PHD University of Illinois

Entre los mayores logros de “Mientras llega el día”  están las descripciones de varios lugares de Quito de comienzos del siglo XIX donde se lleva a cabo la acción, sean el burdel-escuela de brujería de Candelaria, el interior de varias iglesias, las calles, bodegas y patios de la ciudad, o de la Plaza Grande en un día de tauromaquia. Entre todas las descripciones la más destacada es la del insólito interior del hospicio del convento de la Compañía, donde la acción alcanza el momento determinante. Bajo la influencia de la fatiga de un brebaje administrado por el hermano betlemita que cuida a los internos del hospicio, Pedro Matías comienza a contemplar, a la media luz de un fogón, los macabros detalles del interior del edificio. Como hipnotizado desciende unas escaleras y entra en un mundo que poco a poco va desligándose de la realidad y convirtiéndose en otra dimensión cósmica, la de la muerte.  La primera señal que indica que esta conversión se ha realizado es un intercambio verbal con una mujer viejísima quien dice que sabe todo de su interlocutor asombrado, aunque éste desconoce a la anciana. Aquí tiene lugar el intercambio que, a diferencia del resto del texto, está escrito en forma dialogada. Pedro Matías pregunta:

        “-¿Qué sabes de mí?
-Todo, todo.
        -¿A qué te refieres?
-A todo lo que has sido, a todo lo que sois, a todo lo que serás”. (175)

        Pronto emerge de las tinieblas la sombra de Eugenio Espejo y después de calmarse la admiración de Pedro Matías, los dos entran en una discusión filosófica de corte existencial y a la vez mística. Pedro Matías comprende que le quedan contadas horas de vida, pero sin embargo son horas indispensables y ante todo hay que enfrentarlas, igual que a la muerte, con firmeza. Espejo le ofrece los siguientes consejos:

“Mientras se agota tu plazo es necesario que no trepides ante lo que viene… De la noche más tenebrosa surge siempre el día más radiante… Algo debe morir para que algo resucite. De la muerte propia surge la vida ajena… Esa es ley atroz de la materia que al espíritu repugna. Sin embargo, no todo es polvo. …El verbo creador pervive secretamente en cada fragmento del ser como cálido aliento” (178 – 179)

Rechaza Pedro Matías la idea de que sea un héroe e insiste en que ha querido ser nada más que un simple hombre libre. Pero según Espejo “Decidir ser un hombre libre en tiempos de tiranía es una actitud heroica”. (179). Y más adelante: “Un pueblo que nace necesita tener sus héroes. No te olvides que en el sepulcro del héroe se mece la cuna de un pueblo”. (179). Eugenio Espejo no es el único que viene al encuentro de Pedro Matías en el mundo tenebroso de la muerte. Emerge también la sombra de un hombre vestido de conquistador español del siglo dieciséis. Se trata del antepasado de Pedro Matías, Juan de Ampudia quien participó en la fundación de la ciudad de Quito, o mejor dicho, de la destrucción del Quito indígena y en la violación de las Vírgenes del Sol que encontraron al profanar el templo consagrado a la deidad de los Incas. Después de regañarle por meterse con Espejo, la sombra de Juan de Ampudia urge a su descendiente a cumplir con una supuesta obligación con los de su linaje español: “sois un Ampudia, de mí desciendes y, como tal, debes ser  fiel a tu casta, a mi lema: Servir al rey conquistando, dominando, sojuzgando”. (180)
De pronto aparece otra sombra en cuyo rostro ”las lágrimas habían labrado profundos surcos” (181). Se trata d Mama Nati y en vida era un virgen del Sol del templo de Quito al llegar los españoles. Ella intenta poner otra obligación sobre Pedro Matías.

“¡Véngame hijo y véngate! La sangre de la violada, mi sangre, sigue aún impune, regada sobre la tierra. ¡Ay! Desde aquí oigo un río sonando, un río que nunca termina de pasar. Es la sangre de tanta violación, de tanto flagelamiento mismo de tanta tortura de los hijos de Atagualipa (sic), mis hermanos. Sin memoria de antiguas grandezas, hoy arrastrándose están como gusanos sobre el suelo que en tiempo de los padres fue asiento de su gloria”. (181)

Así se presenta el conflicto heredado desde la generación de la conquista que reside en el subconsciente y condiciona el comportamiento del mestizo. Pedro Matías confronta a estas sombras y toma una decisión que promete dar paso al descarte del bagaje abrumador que, a lo largo de las generaciones, ha impedido la autoaprobación de individuos descendientes de la violencia de la conquista. Dice el protagonista:

“No soy un forzador de pueblos ni un portador de venganzas. Soy simplemente un hombre que ama y que sufre; un hombre que busca justicia y lucha por la libertad… No quiero ser fruto de atávicos rencores. Quiero que mueran en mí las voces del hombre viejo. Quiero ser huérfano de todas las carnes”. (183)

Tomada esta última decisión, Pedro Matías, como hombre mestizo latinoamericano, supera un conflicto al nivel personal, aquel que toda la vida lo acosa y logra, así, un nivel de libertad psicológica que hasta ese momento no había gozado.  Solo lamenta haber demorado hasta los últimos días de su existencia para liberarse del pasado. Al reflejar con el acostumbrado fatalismo que así ha sido su destino, Eugenio Espejo interviene, una vez más, para protestar por esa manera anticuada de pensar y corregirle, desde el punto de vista racional y aun existencial:

“No, Pedro Matías, no hay destinos hechos… Tú mismo trazaste tu camino”. Y al preguntarse el protagonista qué le queda por hacer en las pocas horas restantes de su vida, Espejo le contesta: “Empezar a ser un hombre nuevo. Correr el riesgo de ser libre. Afrontar el nuevo día”. (183 – 184)

Cuando Pedro Matías se despierta de su sueño o andanza en una dimensión más allá de la vida –cualquiera que ésta fuera queda intencionalmente en un plano nebuloso-  cae en manos de su perseguidor, el coronel Bermúdez. Acto seguido es conducido, en las tinieblas de la madrugada,  a un calabozo del cuartel del Real de Lima para internarlo junto a otros patriotas. Sin embargo, ya no es ese mismo hombre que, la noche anterior, buscaba esconderse en el hospicio de los betlemitas. Ya es un hombre transformado: “Sintió dolor en sus muñecas atadas, miró a los soldados que lo custodiaban, aspiró largamente el aire frío y húmedo del atardecer y, en su intimidad, sintió que nunca había sido tan libre como en ese momento”. (186) 

La sección 17, capítulo 6, es la más compleja y más lograda a nivel técnico. Se trata de la conjugación de tres acciones separadas con simultaneidad e imbricación temporal. Un personaje o  grupo de personajes da cohesión a cada acción. La que sirve de trasfondo es el saqueo de la ciudad por los Reales de Lima. El capitán Barrantes presiona a Bermúdez para que cumpla con su promesa de permitir dos horas de saqueo a la ciudad. Bien enterado de la situación y personajes de Quito, Barrantes lleva un cañón a la casa de un tal Cifuentes quien tiene la fama de ser el más rico de la villa. Con un cañonazo tumban la inmensa puerta de roble de la casa, y un rato después de ganar el interior, lanzan un doble disparo de cañón para tumbar una pared que esconde el tesoro del avaro Cifuentes. Al salir Barrantes y sus soldados de la casa violentada, todos ellos con el botín,  comienza a caer un fuerte aguacero sobre la ciudad. Los tres eventos que afectan a la ciudad  entera: el estampido del primer cañonazo, los dos sucesivos que la sacuden un rato después y el aguacero que cae sobre ella, sirven de punto de referencia temporal en las otras líneas de acción. Éstas, a su vez,  están fragmentadas entre sí, pero siempre ligadas a la acción de fondo por las tres referencias. En la segunda línea de acción, el coronel Bermúdez captura, al fin, al cura Coloma después de semanas de perseguirle. Mientras el coronel permite al clérigo enterrar a dos mujeres, víctimas del abuso de los soldados, suenan los dos cañonazos seguidos. El coronel, al escucharlo, maldice a la tropa que ha sacado los cañones sin su permiso y, poco tiempo después, el astuto cura emplea una maniobra para escapar. Bermúdez regresa con las manos vacías del cementerio, lugar desde donde el religioso escapó, furioso por haberse dejado engañar tan fácilmente cuando, en ese instante, comienza a caer el aguacero  para completar así la burla del jefe miliar.

La alcahueta Candelaria protagoniza la tercera línea de acción quien, en ese momento se refugia en el convento de San Francisco. Ella es perseguida por Melchor quien pretende cobrarle su parte en la recompensa que ella ha recibido del presidente de la Audiencia, su amo, por servicios de delatora. En uno de los fragmentos de esta línea de acción, Melchor entra en el convento y explica, ante los circunstantes que allí encuentra, cual es el motivo del estampido de cañón que acaba de oírse en toda la ciudad. La reacción ante esta noticia sirve, a su vez, de transición a un  fragmento de otra línea de acción:

“Están atacando la casa de don Cifuentes –dijo en voz alta un hombre que acababa de entrar.
Candelaria que estaba de espaldas a la puerta, no quiso volver el rostro hacia la entrada. Esa era la voz de su perseguidor; de ello estaba segura y, sin que nadie lo notara, se escabulló con la misma silenciosa agilidad de una rata.
-La casa… ¿de quién has dicho? –preguntó Bermúdez al guardia que atravesó ese momento el umbral del cuartel.
-De Cifuentes, mi coronel.
-Es el tipo de quien se dice que es tan rico que se pudre en plata.” (234)

Varias páginas después, la misma técnica es utilizada para trocar escenas, una vez más. El coronel Bermúdez presencia, en el cementerio, el entierro que oficia el cura Coloma de las dos mujeres, cuando oye el doble cañonazo:

“-¡Malditos hijos de perra! Cómo siguen cañoneando –masculló Bermúdez.
-Ya les dije que el cañonazo es en la casa de don Cifuentes –recordó Melchor a los frailes que dejaron de cantar para escuchar, atemorizados, los estampidos”. (239)

La historia se cuenta, pero con la ficción histórica hay otras posibilidades artísticas, entre ellas, las de demostrar. Al dejar de contar y emplear el recurso de la demostración, el autor de Mientras llega el día logra algunos de sus momentos artísticos. Por ejemplo, cuando regresa el coronel Bermúdez del cementerio, fracasado, humillado y empapado, y se encuentra con Candelaria quien corre y escapa por la escalinata de San Francisco, la detiene y la acusa de haberle defraudado en un asunto de alcahuetería. De ahí, comienza a ofenderla verbalmente y termina por cortarle las faldas con la espada y robarle la bolsa de doblones que llevaba escondida. Aquí, por la demostración directamente ´proporcionada, en vez de la información, el lector conoce mucho acerca del personaje Bermúdez, a nivel sicológico y moral. Al presenciar que así reacciona el coronel ante la humillación que acaba de sufrir, que en vez de cargar con su furia la desplaza sobre una víctima fácil y alcanzable. Una demostración semejante se ve durante una fiesta en la casa del criollo realista Juan Calixto. El coronel insulta a éste al exponer su opinión de que  los criollos son inferiores a los españoles, lo cual toca un nervio sumamente sensible en el criollo Calixto. Pero como éste no puede hacer nada contra el coronel, cae sobre unos sirvientes indígenas que en el patio de la casa han comenzado a festejar. Al instigador de la fiesta improvisada le manda castigar a latigazos.

Como se ha dicho, a la novela histórica se la ha menospreciado porque no es historia ni ficción. Sin embargo, cada una de ellas tiene su obligación primordial que define y diferencia a una de otra. Compete a la historia contar la verdad aunque no sea una verdad creíble, como ocurre muchas veces con los acontecimientos reales. En cambio, compete a la ficción histórica, como a toda obra de ficción, crear la ilusión de verdad, aunque  ésta se base en una verdad de la historia. El problema de la verosimilitud se complica aún más: lo que pudiera parecer verdadero para un lector o una generación de lectores, puede perder verosimilitud para otro lector o generación de lectores. Además, hay acontecimientos verídicos que poco pueden creerse cuando se presentan en la ficción y hay mentiras extravagantes que son completamente aceptables para los lectores más exigentes. (…)

Tal vez la verosimilitud sea especialmente difícil de alcanzar en la ficción histórica porque existe otro texto, la versión netamente histórica de los mismos hechos, que siempre queda al lado como punto de comparación. De todos modos, la ilusión de la verdad se logra a través  de la debida atención y cuidado a todos los niveles de la obra: el punto de vista, el lenguaje y la acción, entre otros. Una de las tentaciones más difíciles de evitar de parte de un autor de ficción histórica es la de permitir a un personaje una visión histórica  del momento ficticio en que vive. En Mientras llega el día hay uno que otro momento en que un personaje parece poseer una comprensión descomunal de un momento, de un hecho o de los motivos de sus propias acciones, una comprensión que solo se podría ganar desde la perspectiva de futuro o desde la contemplación de uno mismo desde el exterior. Aquí, por ejemplo, el coronel Bermúdez habla de sus acciones y motivaciones:

“Apenas me vi de subteniente, pedí ser trasladado a América. Siempre creí que acá se abren tantos caminos para un noble español  empobrecido y olvidado en su tierra, como yo lo fui. Llegué buscando fama y riquezas y ¡vaya! no me ha ido tan mal, aunque espero que me vaya mejor. El haberme casado con la sobrina del virrey del Perú, mejor dicho con su jugosa dote, no es mal negocio. Eso sí que fue dar un braguetazo”. (131) (…)

El control del lenguaje para que aparezca habla de determinado lugar y época también presenta dificultades mayores para la novela histórica, porque no se trata de reproducir el lenguaje que históricamente se hablaba, sino utilizar un lenguaje que, al lector, le parezca el que se hablaba entonces. En un pasaje, Pedro Matías explica  su filosofía progresista al arriero Julián: “La igualdad entre los hijos de esta tierra, te decía, tiene más sentido que en ningún otro pueblo, porque un indígena como vos y un criollo como yo somos, al fin y al cabo, hijos de la misma violencia”. (85) Lo que aquí resalta al oído es una sola palabra: “indígena”, usada como se la usa en este contexto. Si no me equivoco, la costumbre de utilizar la palabra “indígena” -para evitar las connotaciones despectivas de la alternativa indio- fue costumbre que comenzó en la década de los sesenta de este siglo. Si hubiera sido práctica lingüística de hace muchos años atrás, aunque no de  la época ficticia, no se la habría notado.

Es evidente que para escribir Historia hay dejar a un lado la ficción;  y aunque no sea tan evidente, bien puede ser verdad que para escribir la ficción histórica hay que dejar la historia a distancia para dar prioridad a la ilusión y permitir  a los personajes que cobren vida propia, una vida aparte de sus referentes históricos. 
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* Fragmentos del ensayo publicado en la Revista Universidad Verdad. No.6. Universidad del Azuay. Cuenca, agosto de 1990.
(1) Mientras llega el día. Editorial Grijalbo, (Primera edición). Quito, 1990. P. 91. Las citas posteriores se referirán a la edición aquí señalada.


JUAN VALDANO Y SU NOVELA "MIENTRAS LLEGA EL DÍA"

“MIENTRAS LLEGA EL DÍA” O EL RESCATE DEL PLACER DE LEER*

Cecilia Ansaldo
Universidad Católica de Guayaquil.

El género novela

La novela es género que tiene historia. Ya en el mundo griego tuvo carácter de lectura peligrosa porque exaltaba los ánimos y volcaba sobre la realidad.  Mas fue Cervantes quien le dio esa posibilidad de “contener el mundo”, ese rasgo de receptáculo de lo relativo y lo ambiguo, inaugurando con ella una forma de conocimiento. En las últimas tres centurias la novela fue ensayando paulatinamente un lenguaje  liberador, mientras a la ciencia le ocurrió lo contrario. Con las mismas palabras con que la literatura quiere romper las barreras de los dogmas, de las definiciones, de las teorías, la ciencia y la técnica elaboraron  un juego de conceptos parcialmente útiles, en la medida en que son rebasados inmediatamente por la realidad. En la novela parece haber cabida para todo: para la Historia –como en el caso de MIENTRAS LLEGA EL DÍA, centrada en los hechos del 2 de Agosto de 1810, en el Ecuador-, para la descripción social – las páginas en que se describen los olores del Quito de la época dicen tanto como un informe sobre la insalubridad colonial- y también para la vida emocional, para las insondables  sensaciones y para la esperanzada metáfora futurista, más alentadora que los diagnósticos de ideólogos y políticos.

        Y –también en esta cercana experiencia de leer una novela- MIENTRAS LLEGA EL DÍA me devolvió el gusto por la anécdota, movilizó solidaria simpatía por su protagonista Pedro Matías  Ampudia, así como odios encendidos por el Coronel Bermúdez y su horda de arrasadores… Mas detrás de amores y rechazos –la emoción es una manera de captar la realidad- la conciencia  no puede  dejar de interiorizar una problemática multiforme: el mal gobierno, las iniciativas libertarias, el mestizaje ecuatoriano, la situación de los indígenas, la soledad del conocimiento, la fidelidad a los ideales…

        Dice Milan Kundera que la sociedad moderna progresa acompañada de un proceso de reducción de la vida individual, de la Historia que intencionalmente se olvida o se deforma, de la vida social que se reduce a vida política; en este panorama “la razón de ser de la novela es la de mantener la vida permanentemente iluminada y la de protegernos contra el olvido del ser”.  (1) Idea que bien vale para saludar a la novela de Valdano ya que le reconozco, de entrad, ese primer objetivo.

Anécdota

        Con MIENTRAS LLEGA EL DÍA estamos frente a una novela cuidadosamente elaborada. La exactitud de una estructura de homologías arquitectónicas e ideológicas apabulla al estudioso. Pero el lector –ese espíritu vivaz y espontáneo que quiero salvar- se sumerge en una historia caudalosa, que desde un núcleo esencial de acontecer desmiembra cantidad de ramificaciones, sin perderlas jamás. Se arranca el 25 de julio de 1810, cuando apresados algunos de los participantes en el intento independentista del año anterior, se espera su condena a muerte. El ideólogo del grupo, Pedro Matías Ampudia, libre todavía pero sintiendo  cercana su captura, arrastra por calles y barrios de Quito un intento de huida que se convierte después en lucha por la liberación  de sus discípulos y por el proyecto de la Independencia. La historia se cierra el 2 de agosto con el ataque a los cuarteles y la revuelta popular.

        Nueve días de Historia, en realidad, nueve días de ficción. Ya abundó la historia oficial en la crónica de esta gesta exageradamente loada como expresión de un espíritu libertario y republicano que estaba lejos de sentirse en aquellos días. Es admirable que este trozo de vida, vigorosamente colorido por un novelista, coincida con la equilibrada versión de la nueva Historia del Ecuador: fue el intento del sector criollo de arrebatar el poder a sus padres chapetones. Los protagonistas del movimiento son discípulos de Espejo, pero se mueven en la contradicción de las ideas iluministas y las ambiciones de clase. La literatura hace posible que en ella aparezcan, con rostro y lenguaje propios, quienes para la Historia son meros nombres;  nos permite apreciar desde el hecho sangriento hasta la cotidianeidad; desde la ambición política delos oportunistas criollos hasta la devastación truhanesca de la tropa.

        Entonces, los hechos se entretejen en un entramado que vincula todos los elementos del acontecer. Si tuviéramos que organizar ese gran todo que avanza de manera conjunta en la novela, una perspectiva de ordenamiento que podría adoptarse es la ubicación social de los  personajes: el Presidente de la Real Audiencia de Quito, seguido por Bermúdez, militar en jefe del Real de Lima, y los colaboradores españoles. Se mantiene cerca una serie de criollos adeptos  a la realeza, que apuntan hacia el nivel  social más alto. Hay un pasaje en el cual confluye el juego de fuerzas de esta tríada: mientras la nobleza criolla adula al anciano y ridículo presidente de la Real Audiencia, a su vez sufre el desprecio del Coronel Bermúdez, quien se siente superior a ella por haber nacido en España.

        Ratifican la ubicación del segundo nivel los criollos marginados por su condición  de rebeldes, los personajes Manosalvas, Quintanilla, Carmelita Manzanos, Pero Matías Ampudia (el protagonista).

        El tercer nivel está integrado por artesanos y trabajadores que secundarán a Pedro Matías Ampudia en el esfuerzo por liberar a los presos políticos.

        El cuarto nivel está constituido por elementos de la más baja extracción popular: Candelaria, la alcahueta que reúne una cohorte de colaboradores entre fisgones y prostitutas y el indígena Julián, quien tiene el encargo novelesco de vincular al indio a la lucha “libertaria”.

        Así, cada hecho tiene su actor, los personajes se mueven a través de relaciones de complicidad, aceptación o rechazo, en permanente movilidad, creando un dinamismo acelerado que se constituye como puntal de la novela (el autor la identifica como novela de acción). Este dinamismo de evidente carácter cinematográfico sobresale en el capítulo 6, subcapítulo 17, de extraordinaria habilidad narrativa: la muestra del saqueo de la ciudad de Quito por parte de la soldadesca del Real de Lima –al mismo tiempo que Bermúdez persigue al cura Coloma y el criado Melchor a la vieja Candelaria- se hace con alternancias y entrelazamientos de perfecto ritmo y unidad.

Personajes

        La construcción de personajes es esfuerzo especial del género novela: representan el espacio de la búsqueda del yo en la medida en que cada uno que se invente contiene algo de la persona humana  por reflejo o por antítesis, por condensación o simbolización. Juan Valdano acusa la siguiente elección: su principal fuente es la Historia misma: entonces, Eugenio Espejo, con su arrogancia iluminada, y el Padre Juan Bautista Aguirre, con su cortada pronunciación costeña –rasgos que tomo para ejemplificar, pero ostentan otros muchos- son seres vivos, latientes en esas páginas. El primero, compañero y después maestro de Pedro Matías Ampudia; y el segundo, maestro de ambos, ayudan a configurar indirectamente la personalidad de Ampudia, ser imaginario donde sí se concentra la creatividad del autor.

        Otros personajes son recreación figurativa de identificables nombres del pasado colonial: el Conde de Montejo, decrépito elemento de un poder también en decadencia, está tomado del Conde Ruíz de Castilla, Presidente de la Real Audiencia  de Quito; el Coronel Bermúdez, máscara de la mediocridad y ambición españolas, es el Coronel Manuel Arredondo, jefe de las fuerzas realistas; Merizalde, el fiscal peruano que esconde un complejo de mestizo, es el Dr. Tomás Arrechaga, quien en el juicio a los conjurados de agosto pidió la pena de muerte para 46 ciudadanos. Los blandos y contradictorios  Manosalvas y Quintanilla, prisioneros y sacrificados elementos de la fugaz Junta Suprema de 1809, son los Morales y Quiroga de la crónica ecuatoriana; todos estos personajes  están construidos a la luz de una inteligente comprensión de la conducta de los hombres: la lucha interior, el oportunismo, las debilidades de carácter, el peso de los ideales.

        Los hay, por último, que provienen exclusivamente de la libertad creadora del autor para levantar este gran mosaico –y que son, para mi gusto, los mejores-: ese Pedro Matías, intelectual consciente de su papel social, pero al mismo tiempo tocado por las flaquezas del miedo, la soledad, el deseo de ser amado, la vacilación en las respuestas –al menos, frente a Julián, el indígena-; este indígena, cuya capacidad de discernimiento queda justificada  por haber sido educado por Fray Pablo Espejo, hermano del prócer, es figura preponderante y clave en su representatividad. Está allí para demostrar que el indigenado no figuró jamás en ningún proyecto de redención social de la época y para probar que tanto en un gobierno español como en uno criollo la situación del indígena quedó inalterable. En su boca el narrador pone la lapidaria sentencia de que un nuevo gobierno sería , para la clase indígena, “el último día del despotismo y el primero de lo mismo”.

        Candelaria, la vieja alcahueta, saludada desde los epígrafes con las palabras el Arcipreste de Hita para la Trotaconventos del siglo XIV, es también logro sobresaliente, más que nada en su discurso de maestra hechicera sobre la doble materia del ser humano, sobre el vivir y el pecar: sabiduría popular del más inextricable mestizaje.

        Pero hay un personaje que no debo omitir para ser justa con esta estructura de tan rico cuño: ese es el pueblo. A la insistente mención de él de parte de Pedro Matías Ampudia, tanto chapetones como criollos lo mencionan de la misma manera: es la chusma, la canalla insolente, la pobretería de los barrios, la gente de medio pelo que solo sirve para  realizar los más bajos menesteres y tiene que ser gobernada con mano dura. Pero, de esa gente minusvalorada (un tabernero, un escultor de oficio, un sacristán) consigue el protagonista sus más files colaboradores para el rescate de los prisioneros; esa gente que dejó memoria de la revuelta de los Estancos (1765); esa gente de la cual el Coronel Bermúdez reconoce que “no es mansa ni sufrida”, como la de Lima o Bogotá. Verdadero personaje colectivo, para él, Valdano encuentra la palabra precisa en la copla anónima que abre la mayoría de las divisiones externas de la obra, de tal manera que cuando dicen:
                        Tiranos fueron los godos
                        los patriotas son lo mismo.

        Coplas de la época de la Independencia que dejan para la posteridad la huella de la inmediata e inteligente comprensión de su tiempo.

Espacios

        El estudio de la estructura espacial también es fuente de copiosos significados. De allí brota la seriedad de un esfuerzo de reconstrucción ambiental que está apoyado en minuciosa investigación; el Quito colonial es estampa fidedigna con esa “carnalidad” –para llamarla con vigor- que solo puede  darle a una descripción el lenguaje literario. Las calles y barrios –San Francisco, San Juan, San Blas, San Roque-, los templos de La Compañía y San Francisco, la Biblioteca y el Convento de los Jesuitas, el Hospital de los Betlemitas, el garito  son recintos de vida y muerte según se los mire y permiten al narrador un despliegue de descripciones coloristas que convierten a esta novela en magnífica información para los sentidos.

Lo original

        Por eso se da lo que podría llamarse una notoria paradoja; siendo esta una novela de ideas, ideas que se expansionan tanto en el solitario discurrir de Pedro Matías como en los fragosos diálogos de intercambios conceptuales (véase la clase de Física de Juan Bautista Aguirre, donde disputan el pensamiento oscurantista de Murillo con el ilustrado Espejo; o la discusión en el presidio de Ampudia con sus discípulos sobre los derechos del hombre y las luchas políticas), es también un relato sensorial cargado de imágenes de todo tipo que hacen de la lectura el puente para la recreación imaginaria más completa.

        Así Quito y su gente cruzan por estas páginas principalmente como realidad visual: son impresionantes la descripciones de conjunto: el altar de la Compañía, el pabellón del convento convertido en hospicio, con todo su contenido de enfermedad y miseria humanas; pero también es dato para la pituitaria cuando se nos dice que calles y casas están “cargadas de miasmas” y, en otras páginas, se descorren cerrojos, chirrían los goznes, vibran los cristales, en logrado inventario de sonidos. Síntesis de cuán sensorial puede ser  el testimonio de la realidad es el capítulo donde se narra y describe la fiesta de los toros en la Plaza Grande.

        ¿Quién narra esta novela? Como tenía que ser –dada su extensión- no es una voz única, monocorde. Es verdad que prima el punto de vista dominante de un narrador conocedor de toda la trama, pero éste se alterna con discursos en primera persona de personajes importantes: Pedro Matías, Julián, Bermúdez; con la carta del inglés Spencer –secretario del Presidente de la Real Audiencia de Quito- a sus contactos masones en Nueva Granada; o con relatos focalizados en diferentes y variados personajes. Es un acierto que un subcapítulo tan importante como el penúltimo –donde se concreta el relato del ataque al cuartel- se haga desde la perspectiva de un personaje popular y muy secundario, como es Petita, la mujer del tabernero y hermano del paje de Manosalvas,  apresado con su señor.  Se consigue, entonces,  que desde una rama  muy distante se avance hacia el núcleo de los hechos. (…)

Novela con puesto definitivamente ganado

        En MIENTRAS LLEGA EL DÍA  hay mucho más de lo que he descrito. Intencionalmente dejo afuera la interpretación al sentido del conjunto, el análisis del proyecto arquitectónico y simbolizante que desarrolla. (…)  Una consecuencia inmediata de esta lectura libre son las asociaciones, las proximidades entre una y otra, que afloran a la mente para confirmar la intertextualidad que hace de la literatura un gran y único libro. Por eso he visto a esta novela enriqueciendo la línea de otras como “María Joaquina en la vida y en la muerte” de Jorge Dávila y de “Pájara la memoria” de Iván Egüez,  principalmente, novelas que acompañan al despertar de la ciencia social en el Ecuador, en el ánimo de redescubrir y redefinir un pasado enterrado entre los oropeles de la exaltación y el chovinismo, que escondió o deformó los hechos para entregarnos una Historia de bambalina. Con novelas como MIENTRAS LLEGA EL DÍA, maduraremos hasta aceptar en los términos adecuados nuestro mestizaje, creceremos hacia la construcción de un gobierno justo, abonaremos el terreno necesario para saber quiénes somos a costa de tener claro cómo hemos sido.
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(1)Kundera, Milán. El arte de la novela. Barcelona. Tusquets, 1987.
*Fragmentos del ensayo publicado en la Revista Nacional de Cultura, No. 2. Consejo Nacional de Cultura, Subsecretaría de Cultura. Quito,  Abril 1994. 


viernes, 13 de junio de 2014

Carlos Crespi: un hombre con leyenda



Juan Valdano

      Personaje imborrable en la memoria de los cuencanos fue el padre Carlos Crespi, misionero italiano de la orden de Don Bosco, quien llegó a Cuenca hacia 1923. Llegó, vio y conquistó con ese arrollador entusiasmo de quien arriba a una tierra virgen en la que mucho había por hacer, mucho por enseñar y propagar: la luz del evangelio, la letra y la ciencia; tareas de un auténtico sembrador de civilización. Exhibió conocimientos de teología, música e ingeniería, pero sobre todo, impactó por ese su empecinado designio de mimetizarse en la amazonía, pues para ello había llegado, para  predicar a uno de los pueblos más ocultos y fieros que aún quedaban sobre la faz de la tierra, para ir en pos de los temibles shuar y cuya tenebrosa fama de reductores de cabezas paralizaba de terror al incauto que tenía la mala suerte de toparse con uno de ellos en algún recoveco de la selva. 

     Años después y luego de haber ganado muchas almas para el redil de Cristo, decidió remontar a la sierra,  harto quizás del aire denso de la selva, hastiado tal vez de ese aliento de calera que allá se respira, aliento  que, si bien hermosea a las orquídeas, también engorda a las tarántulas. Volvió a Cuenca con una longuísima barba de profeta, una aureola  de bendito y una fama de enterado; mas también cargado de cerbatanas, diademas emplumadas, abalorios de chamán, un jaguar disecado y  unos extraños rollos de películas que, según dijo, mostraban la secreta vida de ese pueblo indómito que, por aquellos años, se lo conocía como “jíbaros”.

     Para quienes fuimos niños en los años cuarenta, inolvidables fueron las tardes de película en el teatro del padre Crespi. Frente a la amplia explanada de la Plaza María Auxiliadora se alzaba el larguísimo edificio de las mil ventanas de los salesianos. Recuerdo que la casa era un enjambre de personas, actividades y cosas en perpetuo ir y venir. Allí había cabida para una iglesia, una escuela de niños pobres, la sede de una banda de música, un increíble museo con tesoros “egipcianos” y un teatro. Y todo ello, bajo la batuta del barbudo misionero. No había tarde de domingo que al cine del padre Crespi no acudieran cientos de niños para “gustar” la proyección de tres películas a las que, el “padrecito,” previamente había recortado escenas que él las juzgaba indecentes. Por el valor de un sucre –que era el precio de la entrada- uno se divertía con las aventuras de Tarzán y la “mona Chita” y ello no era todo, lo mejor venía con la yapa: las películas de Chaplin o de los Tres Chiflados, esa prometida “chistosísima, cómica y final” que era la que más gustaba a los pequeños. De tarde en tarde, y para variar, el padre Crespi cambiaba de programa y presentaba obras dramáticas, generalmente comedias moralizantes y cuyos actores eran los maestros de su escuela. Recuerdo siempre a uno de ellos que hacía de gracioso, pues representaba el rol de aquel que se finge tonto. Todo era mirarlo salir al escenario para que el público comenzara a reír, pues el pobre, a más de bizco, era tartamudo.

Publicado en Diario El Comercio (Quito) 24 - 05 - 2014

Un héroe caído de las nubes



Juan Valdano

    Hacia la década de los 40 del siglo pasado habían transcurrido casi cuatro siglos de vida histórica de la ciudad de Cuenca y la urbe continuaba retenida al interior de los estrechos lindes que, desde los días de su fundación, habían marcado los colonizadores hispanos. Circunstancia amable que a sus vecinos permitía trajinarla a pie de un extremo a otro, lo que la tornaba tranquila, humanamente accesible.

    Más allá de sus fronteras seculares: San Blas al Norte y San Sebastián al Sur, más allá del barranco que bordea el Tomebamba se extendía el campo azuayo con sus maizales siempre enhiestos y enflorados, sus huertos de hortalizas cruzados por acequias rumoreantes, sus aires impregnados del medicinal aroma de los eucaliptos, los sauces a la vera de un camino, su liviano olor a retama. A despecho de los pocos resabios de modernidad, la vida de la pequeña urbe continuaba con su habitual ritmo, atrapada en la murria provinciana, sin mayores sobresaltos y tentaciones.


    Acontecimiento digno de perdurable memoria fue el aterrizaje del primer aeroplano en un potrero de los arrabales de la villa, hecho ocurrido el 4 de noviembre de 1920. El protagonista de la audaz hazaña fue el italiano Elia Liut, un héroe de la guerra que, poco antes, había concluido en Europa. El ligero biplano de Liut que ese día partió de Guayaquil rumbo a Cuenca, una frágil estructura de madera y lona, hizo historia al hendir los cielos ecuatorianos y cruzar, por primera vez, la muralla de los Andes. Hacia las once de la mañana, la pequeña nave de Liut zumbaba como un moscardón por encima de las torres de Cuenca. El corresponsal de un diario guayaquileño envió el siguiente mensaje telegráfico: “A las 11:25 el aviador vuela por el cielo de Cuenca a 500 metros de altura. Delirio general. Se rompen las campanas. Hurra. Vivas y cohetes”. Han quedado testimonios del recibimiento afectuoso que en esa ocasión rindieron los cuencanos al intrépido piloto. Como en todo suceso memorable y siguiendo una bien sentada tradición morlaca, no pocos bardos de la ciudad encomiaron en pulidos sonetos la proeza del aviador a quien lo llamaron “paladín del vuelo,” “haz del hangar latino” y otras cosas por el estilo. Siete días duró el festejo y siete días después de su aterrizaje en el campo llamado “de Jericó”, Liut remontó el vuelo con destino a Riobamba. Según lo dijo, le fascinaba la idea de mirar la sombra de su frágil nave manchando las eternas nieves del Chimborazo. Acuciosos cronistas guardaron sus palabras de despedida, palabras que hablan de lo mucho que recibió y vivió en esos días de gloria: “Cuenca, tierra de las flores, de las bellezas y de los cóndores; la de poetas, artistas y guerreros; Cuenca que tan galanamente arrojaste sobre mí tus flores cuando pisé tu suelo de esmeralda, ¡adiós! ¡Adiós cuencanos! Bella Cuenca, hermosas cuencanas, adiós!”

 Publicado en Diario El Comercio 10 - 05 - 2014