miércoles, 29 de octubre de 2014

HISTORIA Y FICCIÓN HISTÓRICA: EL CASO DE "MIENTRAS LLEGA EL DÍA" NOVELA DE JUAN VALDANO*


                                                                           C. Michael Waag
                                                                   PHD University of Illinois

Entre los mayores logros de “Mientras llega el día”  están las descripciones de varios lugares de Quito de comienzos del siglo XIX donde se lleva a cabo la acción, sean el burdel-escuela de brujería de Candelaria, el interior de varias iglesias, las calles, bodegas y patios de la ciudad, o de la Plaza Grande en un día de tauromaquia. Entre todas las descripciones la más destacada es la del insólito interior del hospicio del convento de la Compañía, donde la acción alcanza el momento determinante. Bajo la influencia de la fatiga de un brebaje administrado por el hermano betlemita que cuida a los internos del hospicio, Pedro Matías comienza a contemplar, a la media luz de un fogón, los macabros detalles del interior del edificio. Como hipnotizado desciende unas escaleras y entra en un mundo que poco a poco va desligándose de la realidad y convirtiéndose en otra dimensión cósmica, la de la muerte.  La primera señal que indica que esta conversión se ha realizado es un intercambio verbal con una mujer viejísima quien dice que sabe todo de su interlocutor asombrado, aunque éste desconoce a la anciana. Aquí tiene lugar el intercambio que, a diferencia del resto del texto, está escrito en forma dialogada. Pedro Matías pregunta:

        “-¿Qué sabes de mí?
-Todo, todo.
        -¿A qué te refieres?
-A todo lo que has sido, a todo lo que sois, a todo lo que serás”. (175)

        Pronto emerge de las tinieblas la sombra de Eugenio Espejo y después de calmarse la admiración de Pedro Matías, los dos entran en una discusión filosófica de corte existencial y a la vez mística. Pedro Matías comprende que le quedan contadas horas de vida, pero sin embargo son horas indispensables y ante todo hay que enfrentarlas, igual que a la muerte, con firmeza. Espejo le ofrece los siguientes consejos:

“Mientras se agota tu plazo es necesario que no trepides ante lo que viene… De la noche más tenebrosa surge siempre el día más radiante… Algo debe morir para que algo resucite. De la muerte propia surge la vida ajena… Esa es ley atroz de la materia que al espíritu repugna. Sin embargo, no todo es polvo. …El verbo creador pervive secretamente en cada fragmento del ser como cálido aliento” (178 – 179)

Rechaza Pedro Matías la idea de que sea un héroe e insiste en que ha querido ser nada más que un simple hombre libre. Pero según Espejo “Decidir ser un hombre libre en tiempos de tiranía es una actitud heroica”. (179). Y más adelante: “Un pueblo que nace necesita tener sus héroes. No te olvides que en el sepulcro del héroe se mece la cuna de un pueblo”. (179). Eugenio Espejo no es el único que viene al encuentro de Pedro Matías en el mundo tenebroso de la muerte. Emerge también la sombra de un hombre vestido de conquistador español del siglo dieciséis. Se trata del antepasado de Pedro Matías, Juan de Ampudia quien participó en la fundación de la ciudad de Quito, o mejor dicho, de la destrucción del Quito indígena y en la violación de las Vírgenes del Sol que encontraron al profanar el templo consagrado a la deidad de los Incas. Después de regañarle por meterse con Espejo, la sombra de Juan de Ampudia urge a su descendiente a cumplir con una supuesta obligación con los de su linaje español: “sois un Ampudia, de mí desciendes y, como tal, debes ser  fiel a tu casta, a mi lema: Servir al rey conquistando, dominando, sojuzgando”. (180)
De pronto aparece otra sombra en cuyo rostro ”las lágrimas habían labrado profundos surcos” (181). Se trata d Mama Nati y en vida era un virgen del Sol del templo de Quito al llegar los españoles. Ella intenta poner otra obligación sobre Pedro Matías.

“¡Véngame hijo y véngate! La sangre de la violada, mi sangre, sigue aún impune, regada sobre la tierra. ¡Ay! Desde aquí oigo un río sonando, un río que nunca termina de pasar. Es la sangre de tanta violación, de tanto flagelamiento mismo de tanta tortura de los hijos de Atagualipa (sic), mis hermanos. Sin memoria de antiguas grandezas, hoy arrastrándose están como gusanos sobre el suelo que en tiempo de los padres fue asiento de su gloria”. (181)

Así se presenta el conflicto heredado desde la generación de la conquista que reside en el subconsciente y condiciona el comportamiento del mestizo. Pedro Matías confronta a estas sombras y toma una decisión que promete dar paso al descarte del bagaje abrumador que, a lo largo de las generaciones, ha impedido la autoaprobación de individuos descendientes de la violencia de la conquista. Dice el protagonista:

“No soy un forzador de pueblos ni un portador de venganzas. Soy simplemente un hombre que ama y que sufre; un hombre que busca justicia y lucha por la libertad… No quiero ser fruto de atávicos rencores. Quiero que mueran en mí las voces del hombre viejo. Quiero ser huérfano de todas las carnes”. (183)

Tomada esta última decisión, Pedro Matías, como hombre mestizo latinoamericano, supera un conflicto al nivel personal, aquel que toda la vida lo acosa y logra, así, un nivel de libertad psicológica que hasta ese momento no había gozado.  Solo lamenta haber demorado hasta los últimos días de su existencia para liberarse del pasado. Al reflejar con el acostumbrado fatalismo que así ha sido su destino, Eugenio Espejo interviene, una vez más, para protestar por esa manera anticuada de pensar y corregirle, desde el punto de vista racional y aun existencial:

“No, Pedro Matías, no hay destinos hechos… Tú mismo trazaste tu camino”. Y al preguntarse el protagonista qué le queda por hacer en las pocas horas restantes de su vida, Espejo le contesta: “Empezar a ser un hombre nuevo. Correr el riesgo de ser libre. Afrontar el nuevo día”. (183 – 184)

Cuando Pedro Matías se despierta de su sueño o andanza en una dimensión más allá de la vida –cualquiera que ésta fuera queda intencionalmente en un plano nebuloso-  cae en manos de su perseguidor, el coronel Bermúdez. Acto seguido es conducido, en las tinieblas de la madrugada,  a un calabozo del cuartel del Real de Lima para internarlo junto a otros patriotas. Sin embargo, ya no es ese mismo hombre que, la noche anterior, buscaba esconderse en el hospicio de los betlemitas. Ya es un hombre transformado: “Sintió dolor en sus muñecas atadas, miró a los soldados que lo custodiaban, aspiró largamente el aire frío y húmedo del atardecer y, en su intimidad, sintió que nunca había sido tan libre como en ese momento”. (186) 

La sección 17, capítulo 6, es la más compleja y más lograda a nivel técnico. Se trata de la conjugación de tres acciones separadas con simultaneidad e imbricación temporal. Un personaje o  grupo de personajes da cohesión a cada acción. La que sirve de trasfondo es el saqueo de la ciudad por los Reales de Lima. El capitán Barrantes presiona a Bermúdez para que cumpla con su promesa de permitir dos horas de saqueo a la ciudad. Bien enterado de la situación y personajes de Quito, Barrantes lleva un cañón a la casa de un tal Cifuentes quien tiene la fama de ser el más rico de la villa. Con un cañonazo tumban la inmensa puerta de roble de la casa, y un rato después de ganar el interior, lanzan un doble disparo de cañón para tumbar una pared que esconde el tesoro del avaro Cifuentes. Al salir Barrantes y sus soldados de la casa violentada, todos ellos con el botín,  comienza a caer un fuerte aguacero sobre la ciudad. Los tres eventos que afectan a la ciudad  entera: el estampido del primer cañonazo, los dos sucesivos que la sacuden un rato después y el aguacero que cae sobre ella, sirven de punto de referencia temporal en las otras líneas de acción. Éstas, a su vez,  están fragmentadas entre sí, pero siempre ligadas a la acción de fondo por las tres referencias. En la segunda línea de acción, el coronel Bermúdez captura, al fin, al cura Coloma después de semanas de perseguirle. Mientras el coronel permite al clérigo enterrar a dos mujeres, víctimas del abuso de los soldados, suenan los dos cañonazos seguidos. El coronel, al escucharlo, maldice a la tropa que ha sacado los cañones sin su permiso y, poco tiempo después, el astuto cura emplea una maniobra para escapar. Bermúdez regresa con las manos vacías del cementerio, lugar desde donde el religioso escapó, furioso por haberse dejado engañar tan fácilmente cuando, en ese instante, comienza a caer el aguacero  para completar así la burla del jefe miliar.

La alcahueta Candelaria protagoniza la tercera línea de acción quien, en ese momento se refugia en el convento de San Francisco. Ella es perseguida por Melchor quien pretende cobrarle su parte en la recompensa que ella ha recibido del presidente de la Audiencia, su amo, por servicios de delatora. En uno de los fragmentos de esta línea de acción, Melchor entra en el convento y explica, ante los circunstantes que allí encuentra, cual es el motivo del estampido de cañón que acaba de oírse en toda la ciudad. La reacción ante esta noticia sirve, a su vez, de transición a un  fragmento de otra línea de acción:

“Están atacando la casa de don Cifuentes –dijo en voz alta un hombre que acababa de entrar.
Candelaria que estaba de espaldas a la puerta, no quiso volver el rostro hacia la entrada. Esa era la voz de su perseguidor; de ello estaba segura y, sin que nadie lo notara, se escabulló con la misma silenciosa agilidad de una rata.
-La casa… ¿de quién has dicho? –preguntó Bermúdez al guardia que atravesó ese momento el umbral del cuartel.
-De Cifuentes, mi coronel.
-Es el tipo de quien se dice que es tan rico que se pudre en plata.” (234)

Varias páginas después, la misma técnica es utilizada para trocar escenas, una vez más. El coronel Bermúdez presencia, en el cementerio, el entierro que oficia el cura Coloma de las dos mujeres, cuando oye el doble cañonazo:

“-¡Malditos hijos de perra! Cómo siguen cañoneando –masculló Bermúdez.
-Ya les dije que el cañonazo es en la casa de don Cifuentes –recordó Melchor a los frailes que dejaron de cantar para escuchar, atemorizados, los estampidos”. (239)

La historia se cuenta, pero con la ficción histórica hay otras posibilidades artísticas, entre ellas, las de demostrar. Al dejar de contar y emplear el recurso de la demostración, el autor de Mientras llega el día logra algunos de sus momentos artísticos. Por ejemplo, cuando regresa el coronel Bermúdez del cementerio, fracasado, humillado y empapado, y se encuentra con Candelaria quien corre y escapa por la escalinata de San Francisco, la detiene y la acusa de haberle defraudado en un asunto de alcahuetería. De ahí, comienza a ofenderla verbalmente y termina por cortarle las faldas con la espada y robarle la bolsa de doblones que llevaba escondida. Aquí, por la demostración directamente ´proporcionada, en vez de la información, el lector conoce mucho acerca del personaje Bermúdez, a nivel sicológico y moral. Al presenciar que así reacciona el coronel ante la humillación que acaba de sufrir, que en vez de cargar con su furia la desplaza sobre una víctima fácil y alcanzable. Una demostración semejante se ve durante una fiesta en la casa del criollo realista Juan Calixto. El coronel insulta a éste al exponer su opinión de que  los criollos son inferiores a los españoles, lo cual toca un nervio sumamente sensible en el criollo Calixto. Pero como éste no puede hacer nada contra el coronel, cae sobre unos sirvientes indígenas que en el patio de la casa han comenzado a festejar. Al instigador de la fiesta improvisada le manda castigar a latigazos.

Como se ha dicho, a la novela histórica se la ha menospreciado porque no es historia ni ficción. Sin embargo, cada una de ellas tiene su obligación primordial que define y diferencia a una de otra. Compete a la historia contar la verdad aunque no sea una verdad creíble, como ocurre muchas veces con los acontecimientos reales. En cambio, compete a la ficción histórica, como a toda obra de ficción, crear la ilusión de verdad, aunque  ésta se base en una verdad de la historia. El problema de la verosimilitud se complica aún más: lo que pudiera parecer verdadero para un lector o una generación de lectores, puede perder verosimilitud para otro lector o generación de lectores. Además, hay acontecimientos verídicos que poco pueden creerse cuando se presentan en la ficción y hay mentiras extravagantes que son completamente aceptables para los lectores más exigentes. (…)

Tal vez la verosimilitud sea especialmente difícil de alcanzar en la ficción histórica porque existe otro texto, la versión netamente histórica de los mismos hechos, que siempre queda al lado como punto de comparación. De todos modos, la ilusión de la verdad se logra a través  de la debida atención y cuidado a todos los niveles de la obra: el punto de vista, el lenguaje y la acción, entre otros. Una de las tentaciones más difíciles de evitar de parte de un autor de ficción histórica es la de permitir a un personaje una visión histórica  del momento ficticio en que vive. En Mientras llega el día hay uno que otro momento en que un personaje parece poseer una comprensión descomunal de un momento, de un hecho o de los motivos de sus propias acciones, una comprensión que solo se podría ganar desde la perspectiva de futuro o desde la contemplación de uno mismo desde el exterior. Aquí, por ejemplo, el coronel Bermúdez habla de sus acciones y motivaciones:

“Apenas me vi de subteniente, pedí ser trasladado a América. Siempre creí que acá se abren tantos caminos para un noble español  empobrecido y olvidado en su tierra, como yo lo fui. Llegué buscando fama y riquezas y ¡vaya! no me ha ido tan mal, aunque espero que me vaya mejor. El haberme casado con la sobrina del virrey del Perú, mejor dicho con su jugosa dote, no es mal negocio. Eso sí que fue dar un braguetazo”. (131) (…)

El control del lenguaje para que aparezca habla de determinado lugar y época también presenta dificultades mayores para la novela histórica, porque no se trata de reproducir el lenguaje que históricamente se hablaba, sino utilizar un lenguaje que, al lector, le parezca el que se hablaba entonces. En un pasaje, Pedro Matías explica  su filosofía progresista al arriero Julián: “La igualdad entre los hijos de esta tierra, te decía, tiene más sentido que en ningún otro pueblo, porque un indígena como vos y un criollo como yo somos, al fin y al cabo, hijos de la misma violencia”. (85) Lo que aquí resalta al oído es una sola palabra: “indígena”, usada como se la usa en este contexto. Si no me equivoco, la costumbre de utilizar la palabra “indígena” -para evitar las connotaciones despectivas de la alternativa indio- fue costumbre que comenzó en la década de los sesenta de este siglo. Si hubiera sido práctica lingüística de hace muchos años atrás, aunque no de  la época ficticia, no se la habría notado.

Es evidente que para escribir Historia hay dejar a un lado la ficción;  y aunque no sea tan evidente, bien puede ser verdad que para escribir la ficción histórica hay que dejar la historia a distancia para dar prioridad a la ilusión y permitir  a los personajes que cobren vida propia, una vida aparte de sus referentes históricos. 
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* Fragmentos del ensayo publicado en la Revista Universidad Verdad. No.6. Universidad del Azuay. Cuenca, agosto de 1990.
(1) Mientras llega el día. Editorial Grijalbo, (Primera edición). Quito, 1990. P. 91. Las citas posteriores se referirán a la edición aquí señalada.


JUAN VALDANO Y SU NOVELA "MIENTRAS LLEGA EL DÍA"

“MIENTRAS LLEGA EL DÍA” O EL RESCATE DEL PLACER DE LEER*

Cecilia Ansaldo
Universidad Católica de Guayaquil.

El género novela

La novela es género que tiene historia. Ya en el mundo griego tuvo carácter de lectura peligrosa porque exaltaba los ánimos y volcaba sobre la realidad.  Mas fue Cervantes quien le dio esa posibilidad de “contener el mundo”, ese rasgo de receptáculo de lo relativo y lo ambiguo, inaugurando con ella una forma de conocimiento. En las últimas tres centurias la novela fue ensayando paulatinamente un lenguaje  liberador, mientras a la ciencia le ocurrió lo contrario. Con las mismas palabras con que la literatura quiere romper las barreras de los dogmas, de las definiciones, de las teorías, la ciencia y la técnica elaboraron  un juego de conceptos parcialmente útiles, en la medida en que son rebasados inmediatamente por la realidad. En la novela parece haber cabida para todo: para la Historia –como en el caso de MIENTRAS LLEGA EL DÍA, centrada en los hechos del 2 de Agosto de 1810, en el Ecuador-, para la descripción social – las páginas en que se describen los olores del Quito de la época dicen tanto como un informe sobre la insalubridad colonial- y también para la vida emocional, para las insondables  sensaciones y para la esperanzada metáfora futurista, más alentadora que los diagnósticos de ideólogos y políticos.

        Y –también en esta cercana experiencia de leer una novela- MIENTRAS LLEGA EL DÍA me devolvió el gusto por la anécdota, movilizó solidaria simpatía por su protagonista Pedro Matías  Ampudia, así como odios encendidos por el Coronel Bermúdez y su horda de arrasadores… Mas detrás de amores y rechazos –la emoción es una manera de captar la realidad- la conciencia  no puede  dejar de interiorizar una problemática multiforme: el mal gobierno, las iniciativas libertarias, el mestizaje ecuatoriano, la situación de los indígenas, la soledad del conocimiento, la fidelidad a los ideales…

        Dice Milan Kundera que la sociedad moderna progresa acompañada de un proceso de reducción de la vida individual, de la Historia que intencionalmente se olvida o se deforma, de la vida social que se reduce a vida política; en este panorama “la razón de ser de la novela es la de mantener la vida permanentemente iluminada y la de protegernos contra el olvido del ser”.  (1) Idea que bien vale para saludar a la novela de Valdano ya que le reconozco, de entrad, ese primer objetivo.

Anécdota

        Con MIENTRAS LLEGA EL DÍA estamos frente a una novela cuidadosamente elaborada. La exactitud de una estructura de homologías arquitectónicas e ideológicas apabulla al estudioso. Pero el lector –ese espíritu vivaz y espontáneo que quiero salvar- se sumerge en una historia caudalosa, que desde un núcleo esencial de acontecer desmiembra cantidad de ramificaciones, sin perderlas jamás. Se arranca el 25 de julio de 1810, cuando apresados algunos de los participantes en el intento independentista del año anterior, se espera su condena a muerte. El ideólogo del grupo, Pedro Matías Ampudia, libre todavía pero sintiendo  cercana su captura, arrastra por calles y barrios de Quito un intento de huida que se convierte después en lucha por la liberación  de sus discípulos y por el proyecto de la Independencia. La historia se cierra el 2 de agosto con el ataque a los cuarteles y la revuelta popular.

        Nueve días de Historia, en realidad, nueve días de ficción. Ya abundó la historia oficial en la crónica de esta gesta exageradamente loada como expresión de un espíritu libertario y republicano que estaba lejos de sentirse en aquellos días. Es admirable que este trozo de vida, vigorosamente colorido por un novelista, coincida con la equilibrada versión de la nueva Historia del Ecuador: fue el intento del sector criollo de arrebatar el poder a sus padres chapetones. Los protagonistas del movimiento son discípulos de Espejo, pero se mueven en la contradicción de las ideas iluministas y las ambiciones de clase. La literatura hace posible que en ella aparezcan, con rostro y lenguaje propios, quienes para la Historia son meros nombres;  nos permite apreciar desde el hecho sangriento hasta la cotidianeidad; desde la ambición política delos oportunistas criollos hasta la devastación truhanesca de la tropa.

        Entonces, los hechos se entretejen en un entramado que vincula todos los elementos del acontecer. Si tuviéramos que organizar ese gran todo que avanza de manera conjunta en la novela, una perspectiva de ordenamiento que podría adoptarse es la ubicación social de los  personajes: el Presidente de la Real Audiencia de Quito, seguido por Bermúdez, militar en jefe del Real de Lima, y los colaboradores españoles. Se mantiene cerca una serie de criollos adeptos  a la realeza, que apuntan hacia el nivel  social más alto. Hay un pasaje en el cual confluye el juego de fuerzas de esta tríada: mientras la nobleza criolla adula al anciano y ridículo presidente de la Real Audiencia, a su vez sufre el desprecio del Coronel Bermúdez, quien se siente superior a ella por haber nacido en España.

        Ratifican la ubicación del segundo nivel los criollos marginados por su condición  de rebeldes, los personajes Manosalvas, Quintanilla, Carmelita Manzanos, Pero Matías Ampudia (el protagonista).

        El tercer nivel está integrado por artesanos y trabajadores que secundarán a Pedro Matías Ampudia en el esfuerzo por liberar a los presos políticos.

        El cuarto nivel está constituido por elementos de la más baja extracción popular: Candelaria, la alcahueta que reúne una cohorte de colaboradores entre fisgones y prostitutas y el indígena Julián, quien tiene el encargo novelesco de vincular al indio a la lucha “libertaria”.

        Así, cada hecho tiene su actor, los personajes se mueven a través de relaciones de complicidad, aceptación o rechazo, en permanente movilidad, creando un dinamismo acelerado que se constituye como puntal de la novela (el autor la identifica como novela de acción). Este dinamismo de evidente carácter cinematográfico sobresale en el capítulo 6, subcapítulo 17, de extraordinaria habilidad narrativa: la muestra del saqueo de la ciudad de Quito por parte de la soldadesca del Real de Lima –al mismo tiempo que Bermúdez persigue al cura Coloma y el criado Melchor a la vieja Candelaria- se hace con alternancias y entrelazamientos de perfecto ritmo y unidad.

Personajes

        La construcción de personajes es esfuerzo especial del género novela: representan el espacio de la búsqueda del yo en la medida en que cada uno que se invente contiene algo de la persona humana  por reflejo o por antítesis, por condensación o simbolización. Juan Valdano acusa la siguiente elección: su principal fuente es la Historia misma: entonces, Eugenio Espejo, con su arrogancia iluminada, y el Padre Juan Bautista Aguirre, con su cortada pronunciación costeña –rasgos que tomo para ejemplificar, pero ostentan otros muchos- son seres vivos, latientes en esas páginas. El primero, compañero y después maestro de Pedro Matías Ampudia; y el segundo, maestro de ambos, ayudan a configurar indirectamente la personalidad de Ampudia, ser imaginario donde sí se concentra la creatividad del autor.

        Otros personajes son recreación figurativa de identificables nombres del pasado colonial: el Conde de Montejo, decrépito elemento de un poder también en decadencia, está tomado del Conde Ruíz de Castilla, Presidente de la Real Audiencia  de Quito; el Coronel Bermúdez, máscara de la mediocridad y ambición españolas, es el Coronel Manuel Arredondo, jefe de las fuerzas realistas; Merizalde, el fiscal peruano que esconde un complejo de mestizo, es el Dr. Tomás Arrechaga, quien en el juicio a los conjurados de agosto pidió la pena de muerte para 46 ciudadanos. Los blandos y contradictorios  Manosalvas y Quintanilla, prisioneros y sacrificados elementos de la fugaz Junta Suprema de 1809, son los Morales y Quiroga de la crónica ecuatoriana; todos estos personajes  están construidos a la luz de una inteligente comprensión de la conducta de los hombres: la lucha interior, el oportunismo, las debilidades de carácter, el peso de los ideales.

        Los hay, por último, que provienen exclusivamente de la libertad creadora del autor para levantar este gran mosaico –y que son, para mi gusto, los mejores-: ese Pedro Matías, intelectual consciente de su papel social, pero al mismo tiempo tocado por las flaquezas del miedo, la soledad, el deseo de ser amado, la vacilación en las respuestas –al menos, frente a Julián, el indígena-; este indígena, cuya capacidad de discernimiento queda justificada  por haber sido educado por Fray Pablo Espejo, hermano del prócer, es figura preponderante y clave en su representatividad. Está allí para demostrar que el indigenado no figuró jamás en ningún proyecto de redención social de la época y para probar que tanto en un gobierno español como en uno criollo la situación del indígena quedó inalterable. En su boca el narrador pone la lapidaria sentencia de que un nuevo gobierno sería , para la clase indígena, “el último día del despotismo y el primero de lo mismo”.

        Candelaria, la vieja alcahueta, saludada desde los epígrafes con las palabras el Arcipreste de Hita para la Trotaconventos del siglo XIV, es también logro sobresaliente, más que nada en su discurso de maestra hechicera sobre la doble materia del ser humano, sobre el vivir y el pecar: sabiduría popular del más inextricable mestizaje.

        Pero hay un personaje que no debo omitir para ser justa con esta estructura de tan rico cuño: ese es el pueblo. A la insistente mención de él de parte de Pedro Matías Ampudia, tanto chapetones como criollos lo mencionan de la misma manera: es la chusma, la canalla insolente, la pobretería de los barrios, la gente de medio pelo que solo sirve para  realizar los más bajos menesteres y tiene que ser gobernada con mano dura. Pero, de esa gente minusvalorada (un tabernero, un escultor de oficio, un sacristán) consigue el protagonista sus más files colaboradores para el rescate de los prisioneros; esa gente que dejó memoria de la revuelta de los Estancos (1765); esa gente de la cual el Coronel Bermúdez reconoce que “no es mansa ni sufrida”, como la de Lima o Bogotá. Verdadero personaje colectivo, para él, Valdano encuentra la palabra precisa en la copla anónima que abre la mayoría de las divisiones externas de la obra, de tal manera que cuando dicen:
                        Tiranos fueron los godos
                        los patriotas son lo mismo.

        Coplas de la época de la Independencia que dejan para la posteridad la huella de la inmediata e inteligente comprensión de su tiempo.

Espacios

        El estudio de la estructura espacial también es fuente de copiosos significados. De allí brota la seriedad de un esfuerzo de reconstrucción ambiental que está apoyado en minuciosa investigación; el Quito colonial es estampa fidedigna con esa “carnalidad” –para llamarla con vigor- que solo puede  darle a una descripción el lenguaje literario. Las calles y barrios –San Francisco, San Juan, San Blas, San Roque-, los templos de La Compañía y San Francisco, la Biblioteca y el Convento de los Jesuitas, el Hospital de los Betlemitas, el garito  son recintos de vida y muerte según se los mire y permiten al narrador un despliegue de descripciones coloristas que convierten a esta novela en magnífica información para los sentidos.

Lo original

        Por eso se da lo que podría llamarse una notoria paradoja; siendo esta una novela de ideas, ideas que se expansionan tanto en el solitario discurrir de Pedro Matías como en los fragosos diálogos de intercambios conceptuales (véase la clase de Física de Juan Bautista Aguirre, donde disputan el pensamiento oscurantista de Murillo con el ilustrado Espejo; o la discusión en el presidio de Ampudia con sus discípulos sobre los derechos del hombre y las luchas políticas), es también un relato sensorial cargado de imágenes de todo tipo que hacen de la lectura el puente para la recreación imaginaria más completa.

        Así Quito y su gente cruzan por estas páginas principalmente como realidad visual: son impresionantes la descripciones de conjunto: el altar de la Compañía, el pabellón del convento convertido en hospicio, con todo su contenido de enfermedad y miseria humanas; pero también es dato para la pituitaria cuando se nos dice que calles y casas están “cargadas de miasmas” y, en otras páginas, se descorren cerrojos, chirrían los goznes, vibran los cristales, en logrado inventario de sonidos. Síntesis de cuán sensorial puede ser  el testimonio de la realidad es el capítulo donde se narra y describe la fiesta de los toros en la Plaza Grande.

        ¿Quién narra esta novela? Como tenía que ser –dada su extensión- no es una voz única, monocorde. Es verdad que prima el punto de vista dominante de un narrador conocedor de toda la trama, pero éste se alterna con discursos en primera persona de personajes importantes: Pedro Matías, Julián, Bermúdez; con la carta del inglés Spencer –secretario del Presidente de la Real Audiencia de Quito- a sus contactos masones en Nueva Granada; o con relatos focalizados en diferentes y variados personajes. Es un acierto que un subcapítulo tan importante como el penúltimo –donde se concreta el relato del ataque al cuartel- se haga desde la perspectiva de un personaje popular y muy secundario, como es Petita, la mujer del tabernero y hermano del paje de Manosalvas,  apresado con su señor.  Se consigue, entonces,  que desde una rama  muy distante se avance hacia el núcleo de los hechos. (…)

Novela con puesto definitivamente ganado

        En MIENTRAS LLEGA EL DÍA  hay mucho más de lo que he descrito. Intencionalmente dejo afuera la interpretación al sentido del conjunto, el análisis del proyecto arquitectónico y simbolizante que desarrolla. (…)  Una consecuencia inmediata de esta lectura libre son las asociaciones, las proximidades entre una y otra, que afloran a la mente para confirmar la intertextualidad que hace de la literatura un gran y único libro. Por eso he visto a esta novela enriqueciendo la línea de otras como “María Joaquina en la vida y en la muerte” de Jorge Dávila y de “Pájara la memoria” de Iván Egüez,  principalmente, novelas que acompañan al despertar de la ciencia social en el Ecuador, en el ánimo de redescubrir y redefinir un pasado enterrado entre los oropeles de la exaltación y el chovinismo, que escondió o deformó los hechos para entregarnos una Historia de bambalina. Con novelas como MIENTRAS LLEGA EL DÍA, maduraremos hasta aceptar en los términos adecuados nuestro mestizaje, creceremos hacia la construcción de un gobierno justo, abonaremos el terreno necesario para saber quiénes somos a costa de tener claro cómo hemos sido.
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(1)Kundera, Milán. El arte de la novela. Barcelona. Tusquets, 1987.
*Fragmentos del ensayo publicado en la Revista Nacional de Cultura, No. 2. Consejo Nacional de Cultura, Subsecretaría de Cultura. Quito,  Abril 1994. 


viernes, 13 de junio de 2014

Carlos Crespi: un hombre con leyenda



Juan Valdano

      Personaje imborrable en la memoria de los cuencanos fue el padre Carlos Crespi, misionero italiano de la orden de Don Bosco, quien llegó a Cuenca hacia 1923. Llegó, vio y conquistó con ese arrollador entusiasmo de quien arriba a una tierra virgen en la que mucho había por hacer, mucho por enseñar y propagar: la luz del evangelio, la letra y la ciencia; tareas de un auténtico sembrador de civilización. Exhibió conocimientos de teología, música e ingeniería, pero sobre todo, impactó por ese su empecinado designio de mimetizarse en la amazonía, pues para ello había llegado, para  predicar a uno de los pueblos más ocultos y fieros que aún quedaban sobre la faz de la tierra, para ir en pos de los temibles shuar y cuya tenebrosa fama de reductores de cabezas paralizaba de terror al incauto que tenía la mala suerte de toparse con uno de ellos en algún recoveco de la selva. 

     Años después y luego de haber ganado muchas almas para el redil de Cristo, decidió remontar a la sierra,  harto quizás del aire denso de la selva, hastiado tal vez de ese aliento de calera que allá se respira, aliento  que, si bien hermosea a las orquídeas, también engorda a las tarántulas. Volvió a Cuenca con una longuísima barba de profeta, una aureola  de bendito y una fama de enterado; mas también cargado de cerbatanas, diademas emplumadas, abalorios de chamán, un jaguar disecado y  unos extraños rollos de películas que, según dijo, mostraban la secreta vida de ese pueblo indómito que, por aquellos años, se lo conocía como “jíbaros”.

     Para quienes fuimos niños en los años cuarenta, inolvidables fueron las tardes de película en el teatro del padre Crespi. Frente a la amplia explanada de la Plaza María Auxiliadora se alzaba el larguísimo edificio de las mil ventanas de los salesianos. Recuerdo que la casa era un enjambre de personas, actividades y cosas en perpetuo ir y venir. Allí había cabida para una iglesia, una escuela de niños pobres, la sede de una banda de música, un increíble museo con tesoros “egipcianos” y un teatro. Y todo ello, bajo la batuta del barbudo misionero. No había tarde de domingo que al cine del padre Crespi no acudieran cientos de niños para “gustar” la proyección de tres películas a las que, el “padrecito,” previamente había recortado escenas que él las juzgaba indecentes. Por el valor de un sucre –que era el precio de la entrada- uno se divertía con las aventuras de Tarzán y la “mona Chita” y ello no era todo, lo mejor venía con la yapa: las películas de Chaplin o de los Tres Chiflados, esa prometida “chistosísima, cómica y final” que era la que más gustaba a los pequeños. De tarde en tarde, y para variar, el padre Crespi cambiaba de programa y presentaba obras dramáticas, generalmente comedias moralizantes y cuyos actores eran los maestros de su escuela. Recuerdo siempre a uno de ellos que hacía de gracioso, pues representaba el rol de aquel que se finge tonto. Todo era mirarlo salir al escenario para que el público comenzara a reír, pues el pobre, a más de bizco, era tartamudo.

Publicado en Diario El Comercio (Quito) 24 - 05 - 2014

Un héroe caído de las nubes



Juan Valdano

    Hacia la década de los 40 del siglo pasado habían transcurrido casi cuatro siglos de vida histórica de la ciudad de Cuenca y la urbe continuaba retenida al interior de los estrechos lindes que, desde los días de su fundación, habían marcado los colonizadores hispanos. Circunstancia amable que a sus vecinos permitía trajinarla a pie de un extremo a otro, lo que la tornaba tranquila, humanamente accesible.

    Más allá de sus fronteras seculares: San Blas al Norte y San Sebastián al Sur, más allá del barranco que bordea el Tomebamba se extendía el campo azuayo con sus maizales siempre enhiestos y enflorados, sus huertos de hortalizas cruzados por acequias rumoreantes, sus aires impregnados del medicinal aroma de los eucaliptos, los sauces a la vera de un camino, su liviano olor a retama. A despecho de los pocos resabios de modernidad, la vida de la pequeña urbe continuaba con su habitual ritmo, atrapada en la murria provinciana, sin mayores sobresaltos y tentaciones.


    Acontecimiento digno de perdurable memoria fue el aterrizaje del primer aeroplano en un potrero de los arrabales de la villa, hecho ocurrido el 4 de noviembre de 1920. El protagonista de la audaz hazaña fue el italiano Elia Liut, un héroe de la guerra que, poco antes, había concluido en Europa. El ligero biplano de Liut que ese día partió de Guayaquil rumbo a Cuenca, una frágil estructura de madera y lona, hizo historia al hendir los cielos ecuatorianos y cruzar, por primera vez, la muralla de los Andes. Hacia las once de la mañana, la pequeña nave de Liut zumbaba como un moscardón por encima de las torres de Cuenca. El corresponsal de un diario guayaquileño envió el siguiente mensaje telegráfico: “A las 11:25 el aviador vuela por el cielo de Cuenca a 500 metros de altura. Delirio general. Se rompen las campanas. Hurra. Vivas y cohetes”. Han quedado testimonios del recibimiento afectuoso que en esa ocasión rindieron los cuencanos al intrépido piloto. Como en todo suceso memorable y siguiendo una bien sentada tradición morlaca, no pocos bardos de la ciudad encomiaron en pulidos sonetos la proeza del aviador a quien lo llamaron “paladín del vuelo,” “haz del hangar latino” y otras cosas por el estilo. Siete días duró el festejo y siete días después de su aterrizaje en el campo llamado “de Jericó”, Liut remontó el vuelo con destino a Riobamba. Según lo dijo, le fascinaba la idea de mirar la sombra de su frágil nave manchando las eternas nieves del Chimborazo. Acuciosos cronistas guardaron sus palabras de despedida, palabras que hablan de lo mucho que recibió y vivió en esos días de gloria: “Cuenca, tierra de las flores, de las bellezas y de los cóndores; la de poetas, artistas y guerreros; Cuenca que tan galanamente arrojaste sobre mí tus flores cuando pisé tu suelo de esmeralda, ¡adiós! ¡Adiós cuencanos! Bella Cuenca, hermosas cuencanas, adiós!”

 Publicado en Diario El Comercio 10 - 05 - 2014 

jueves, 17 de abril de 2014

Canon femenino, el arte y la moda


Juan Valdano

Fernando Botero  ha creado un ámbito pictórico inconfundible. El suyo es un universo cercano a nosotros: cielos despejados, montañas cónicas que más semejan tetas de mujer que arisca geología, pueblitos apacibles con atmósfera rural y tejados ocres, pequeño mundo poblado por seres de robustez bobina: hombres, mujeres y animales obesos y cuya adiposa carnalidad gravita de tal forma que prácticamente cubre la mayor parte de la superficie del cuadro.  Para Botero, la gordura es sensualidad, triunfo del apetito, estética del instinto.

Por asociación de ideas y contraste de imágenes, me retrotraigo al universo pictórico del Renacimiento, a la “Primavera” de Botticelli, pues fue a partir de entonces que se configuró visualmente el canon de la belleza femenina que ha imperado en Occidente. En ese espléndido cuadro aparecen las Tres Gracias, mujeres cuyos cuerpos gráciles y armoniosos se traslucen bajo vaporosos vestidos; sus manos enlazadas en un ritmo ascendente y descendente sugieren la comunión entre el ser humano y la naturaleza. Triunfo simbólico de la vida y, a la vez, alegoría del tiempo. Arte refinado que se ajusta a aquella célebre expresión de Leonardo: “la pintura es una poesía muda”.

Siglo y medio después, Rubens, desde la gris Amberes, retomó este mismo tema en el célebre cuadro titulado “Las tres Gracias”. El pintor barroco no sigue el canon de belleza femenina elaborado por los artistas italianos; su prototipo es otro: cuerpos opulentos y robustos, mujeres de caderas pronunciadas, piel rosada, cabellos claros que muestran una gozosa desnudez.

Los cánones de la belleza corporal cambian de una sociedad a otra. La moda se adapta a tales mudanzas; en ella gravitan criterios sociales, morales y aún religiosos. La evolución de la vestimenta femenina ha corrido paralela a la liberación social y sexual de la mujer y a la paulatina superación de escrúpulos morales que la cohibían; ha pasado del excesivo ocultamiento del cuerpo a un progresivo despojamiento de lo superfluo. En estos días de vegetarianismo, deportismo, dietas, heliolatría y vértigo la moda aboga por la delgadez de los cuerpos y el bronceamiento de la piel; ser delgado es ser saludable, refinado, distinguido. Los modistos de París y Nueva York dictan la norma de lo elegante; pasean a flaquísimas modelos aquejadas de bulimia por las pasarelas del éxito.

Ningún realismo copia la realidad como es. El arte es deformación. El universo de Botero es el nuestro: ecuatorial y andino, lujurioso y opulento. Su tema: el humilde anejo remontado entre la selva y el risco; sus personajes: el chacarero y el legista, el cura y el torero, la mesalina y la primera dama de aldea. Gordos y gorditas tan “buen mozos y llenos de vida” y para quienes el comer y el beber pantagruélicamente siempre será señal de salud y bienestar.


Publicado en Diario EL COMERCIO, Quito, 25 – 02 - 20014

Octavio Paz y nosotros


Juan Valdano

Octavio Paz fue un intelectual de su siglo, el pensador atento a los acontecimientos de su tiempo, el escritor que reflexionó sobre la historia, la sociedad, la filosofía, el arte y la política del convulso siglo XX. Poeta y ensayista, dos formas de lo literario en las que Paz es uno de los grandes de las letras hispanoamericanas, dos vías por las que corre su palabra, dos expresiones de un mismo espíritu ya que Paz es tan poeta cuando escribe un ensayo, como pensador cuando se eleva en la lírica. Fue el ensayo el gran escenario en el que desplegó tanto su imaginación poética como el destello de sus visiones, juicios y teorías. Poeta reflexivo y ensayista lírico, tal es el anverso y el reverso de su obra literaria.

Al igual que Jorge Luis Borges, Octavio Paz es de esos pocos escritores latinoamericanos que abordaron los grandes temas del pensamiento universal desde nuestra cultura. En Borges, esos temas son vistos y explicados desde la perspectiva argentina; en Octavio Paz, desde la perspectiva mexicana, lo que equivale a decir desde una cosmovisión mestiza, hispanoamericana. Desde el alma mexicana, Octavio Paz entendió el mundo, dio una versión nuestra de lo universal, habló por todos los hispanoamericanos.
Esta es la gran lección que, a nosotros, hombres del Ande y el trópico, nos ofrece el autor de “El laberinto de la soledad”: abordar lo universal humano desde nuestra experiencia cultural, desde una tradición en la que pesa tanto lo americano como lo europeo, y entre los dos, lo africano. Algo más, mucho más que ese cliché de “la raza cósmica” que sostuviera Vasconcelos, su coterráneo.

Como ecuatorianos, nuestra vocación cultural no se limita a esa autocomplacencia de sabernos el ombligo del mundo, no está en el regodeo onfálico y equinoccial tan ensimismado, restrictivo y localista, tanto que nos opaca la visión de ese ancho mundo que se abre más allá de este cielo, la latitud cero. Pensadores como Paz o como Borges nos enseñan que la vocación cultural de nuestros pueblos es asumir lo universal sin renunciar a lo que somos, esto es, siendo hondamente andinos; es participar del gran banquete de la cultura del mundo no como ha sido siempre, furtivamente, a la hora de los postres, sino con el mismo derecho que han ostentado los demás pueblos del orbe.


En Octavio Paz hay más que un pensador y un poeta excepcional,  en él confluyen tantos modelos de intelectual que Enrique Krauze  trató un día de explicarlo así: “Imagínense a un filósofo griego, un tribuno romano, un humanista del Renacimiento, un poeta metafísico, un sabio de la Ilustración, un revolucionario girondino, un rebelde romántico, un poeta del amor, un anarquista natural. Todas esas corrientes de civilización, asumidas, encarnadas, recreadas por una sola persona, eso es, aproximadamente, Octavio Paz”.

Publicado en Diario EL COMERCIO, Quito, 05 - 04 - 2014

S.O.S. Lenguas en extinción


Juan Valdano

Contaba un anciano záparo que un mono mientras bebía agua del río Conambo se convirtió en hombre. Otro mono hizo lo mismo y se transformó en mujer. De la unión de los dos nació Tsitsano. Un día Tsitsano  se aventuró solo por la selva; al cabo de un tiempo regresó  convertido en sabio y poderoso chamán cargado de lanzas y bodoqueras. Así surgió la nación zápara. Leyendas como esta fueron recuperadas de la memoriosa oralidad de este pueblo amazónico gracias al empeño del antropólogo Carlos Andrade quien las publicó en 2001.Para entonces, la comunidad zápara la conformaban menos de un centenar de individuos. Su hábitat ancestral ha sido las riberas del río Conambo, en la provincia de Pastaza. Hoy, según se sabe, la nación zápara está en peligro de desaparecer y, con ella, su lengua. Recientes noticias dan cuenta de que no pasan de tres o cuatro ancianos que la hablan.

El mito bíblico de Babel habla de la proliferación de lenguas como una maldición divina provocada por aquella audaz desmesura del hombre (auténtica “hybris” en el concepto griego) al tratar de edificar una torre capaz de llegar hasta las acuosas alturas del cielo. La condena desató la confusión e incomunicación entre los seres humanos, el desborde de los dialectos y las lenguas. Sin embargo, al mito bíblico habría que darle la vuelta ya que, antes que un castigo, lo que comenzó en Babel fue la consagración de la compleja diversidad de lo humano expresada a través de mil y un mundos distintos, la señal de la expansión de las civilizaciones. Cada lengua abarca la realidad según la propia y singular manera con la que la asume el pueblo que la habla. Georges Steiner observa que “existen lenguas en los Andes, en las cuales, de una manera razonable, el futuro está detrás del hablante, ya que es invisible, mientras que los horizontes del pasado se extienden ante él, abiertos a la vista (aquí hay enigmáticas analogías con la ontología de Heidegger)”. Hay una relación directa entre la riqueza léxica y gramatical y la apropiación del mundo y su entorno; si más rico es nuestro lenguaje, mejor sintonizamos las señales que emite el universo en el que nos movemos. Cuando muere una lengua  se extingue el clamor de un pueblo, se desvanece un paisaje, se borran las huellas de un pasado ancestral y si no hay pasado ningún futuro será posible. Si una lengua se muere, un linaje del espíritu se eclipsa.


No faltan agoreros que anuncian inminentes apocalipsis para los pueblos que viven en situación de aislamiento: si no se emprenden acciones de salvamento, más de 6000 lenguas desaparecerán antes de finalizar este siglo. No solo salvemos la flora y la fauna; salvemos también al hombre y su palabra. Si solo nos preocupamos de lo primero y descuidamos lo segundo, ¿de qué servirá un hermoso escenario vacío del que han desaparecido los actores?

Publicado en Diario EL COMERCIO, Quito (17- 04- 2014)