domingo, 16 de marzo de 2014

33 críticos analizan la obra de Juan Valdano.

      El novelista y ensayista cuencano es considerado uno de los más representativos del Ecuador contemporáneo. Archivo / EL COMERCIO TIEMPO DE LECTURA: 2' 51'' NO. DE PALABRAS: 457 Redacción Cultura Martes 24/12/2013 En 'Juan Valdano ante la crítica' (La Llave Ediciones), 33 escritores y académicos exponen respecto de la obra del narrador y ensayista cuencano, autor de insignes obras de la literatura ecuatoriana moderna como 'Humanismo de Albert Camus' (1973), 'Mientras llega el día' (1990) y 'Anillos de serpiente' (1998). El libro contiene ponencias de peritos nacionales y extranjeros, representantes de instituciones como la Université Nancy 2 de Francia, la Universidad de Nápoles L'Orientale, la Universidad de Chicago o la Universidad de Cuenca. En la obra de Valdano, que viene desarrollándose desde hace 40 años, se funden frecuentemente la ficción histórica con el comentario social y político; el libro da un vistazo a las etapas del desarrollo ecuatoriano, así como una perspectiva "humanista e ilustrada", como se explica en el tomo. "Un amplio registro de referencias culturales y eruditas, fruto de cauces tan ricos como la filosofía, historia, literatura, arte, mitología, crónica y leyenda". Los análisis de la literatura de Valdano se turnan entre el manejo del historicismo ecuatoriano en 'Mientras llega el día' y 'Anillos de serpiente' - también este un ejemplo de narración policial ecuatoriana- y sus reflexiones expuestas en 'Humanismo de Albert Camus', donde examina el sentido universal de la obra del filósofo francés; y otros temas. "Entre los mayores logros de 'Mientras llega el día' están las descripciones de los varios lugares de Quito de comienzos del siglo XIX", expone C. Michael Waag, PhD de la Universidad de Illinois. Entre el burdel-escuela de brujería de Candelaria, la Plaza Grande o el hospicio del Convento de la Compañía, se crea un escenario vívido y único para la inminente Declaración de la Independencia de Quito, en 1809, así como un comentario sobre el mal gobierno, las iniciativas libertarias, el mestizaje y la soledad del conocimiento. Teresa Gutiérrez, de la Universidad François Rabelais, de Tours (Francia) resalta de la estructura narrativa de la novela su total de nueve capítulos, cada uno por cada día de la ficción. Escribe: "Un crítico ecuatoriano compara esos nueve días con los nueve meses de la gestación (...) y evocan, a nuestro parecer, los siete que, asociados a las trompetas del Apocalipsis, dura la acción narrativa de 'En el nombre de la rosa". Resalta también los paralelos entre la narrativa de la obra y la arquitectura de la Iglesia de la Compañía de Jesús. Asimismo, en 'Anillos de serpiente', Jorge Dávila Vásconez recalca la presencia de una múltiple posibilidad de lecturas. A la obra la llama "uno de los libros más interesantes, ricos y sugerentes de la narrativa ecuatoriana de hoy".

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miércoles, 12 de febrero de 2014

El humor y la majestad del poder


Juan Valdano

Nada hay más incómodo para el poderoso que el hecho de que se rían de él. El autoritario no soporta la risa, peor el chiste. El humor fastidia al poder porque lo despoja de solemnidad, lo desnuda, lo deja indefenso. Los dictadores detestan la imaginación porque es subversiva. Los bufones de las cortes reales sabían que ejercían un oficio peligroso. Si el tono con el que recitaban sus ocurrencias no era del agrado del déspota terminaban entre los tres palos de la horca. No ha habido dictador que se precie de tal que no haya invocado la “majestad del poder” para reprimir cualquier alusión irónica a su persona o a su régimen. Esto no lo digo yo, lo proclama la Historia, espejo de costumbres, que nos muestra que así ha sido siempre. Francisco de Quevedo, el gran poeta castellano, se atrevió a rimar unos versos zumbones y severos en los que le cantaba las verdades al omnipotente Conde-Duque de Olivares. El atrevimiento le costó años de prisión en la torre de San Marcos de León. En la Alemania nazi se castigaba a todo aquel que osaba llamar Adolf a su perro. Charles Chaplin parodió a Hitler en su película “El Gran Dictador”; el film fue prohibido. En 2006, un periódico danés publicó unas caricaturas jocosas sobre Mahoma. Ayatolas y musulmanes demandaron la cabeza del blasfemo.

Por lo visto, el poder y el humor nunca se han llevado bien. El poder busca rodearse de grandiosidad y ceremonia, teatralidad y grandilocuencia, trompetas y alfombras rojas. El humorista mira este espectáculo no desde la platea, no desde la poltrona de los aplaudidores sino tras las bambalinas y a hurtadillas, allí donde la tramoya fabrica ilusiones de gloria, allí donde se cuelgan las máscaras. Y cuando la farsa palabrera concluye, el humorista (entre irónico y regocijado) da su versión de aquello que se supone es serio, devela el lado ridículo que, a veces, segrega la vida. La clave del humor es esa: caricaturizar, exagerar, mas no mentir; presentar el perfil incongruente de la realidad. . Desdicha incuestionable pero pasajera es sufrir, a veces, la inquina de algún imbécil con poder y sin humor.

El humor es irreverente, irrespetuoso, libre y transgresor y, en este juego, es probable que a alguien no le guste la alusión que el humorista le endilga. Mas, cabrearse por ello, no cabe. El humor preserva la salud mental, promueve la autocrítica. ¿Hay intocables a quienes no se les puede representar desde la óptica del humorismo? La pregunta no tendría sentido en países como Francia o Los Estados Unidos donde campea la libertad de expresión. 

Volvamos a la Historia: para combatir las dictaduras del siglo XIX Juan Montalvo esgrimió su arma predilecta: la sátira, el humor negro y el sarcasmo, su pluma soberbia, dardos que alcanzaron el corazón de los tiranos, fuego que inflamó de coraje al pueblo. Todo déspota sabe que el humor es arma sutil: llega a desequilibrar famas y jerarquías. Razón para aborrecerlo.


Febrero 2014

sábado, 21 de diciembre de 2013

En busca del padre


Por: Juan Valdano

Asunto recurrente en el mito y la leyenda es la búsqueda del progenitor; personaje brumoso que por algún evento aciago se alejó del hogar. Es una búsqueda del hijo; indagación impulsada por la nostalgia de quien se siente huérfano y desheredado de un ancestro que, por sangre y tradición, le corresponde. Es una historia que resurge en relatos antiguos y modernos de culturas muy diversas; historia que muta sin dejar de ser la misma: solo cambian los nombres y los ámbitos en los que se mueven los personajes. Telémaco buscará siempre a Odiseo; Edipo no dejará de indagar su sibilino ancestro; el Hijo Pródigo no descansará hasta recuperar el abrazo del padre; Juan Preciado atravesará Comala indagando el paradero de Pedro Páramo. La búsqueda del padre resulta ser un arquetipo generalmente trágico; el símbolo de la exploración del propio Yo; la indagación acerca del origen; la eterna pregunta sobre la identidad: ¿Quién soy?, ¿quiénes somos?

Desde los sosegados días coloniales hasta los intranquilos de hoy dos rasgos han particularizado a esta sociedad: el enmascaramiento y la orfandad. De lo primero hablé ya en un artículo anterior; de lo segundo me ocuparé ahora.

Desde lo íntimo del Yo, desde el cerco del super-Yo que teje la indeliberada trama de la conducta cotidiana, el ecuatoriano  no  es aquel que “empieza en sí mismo” ni “el hijo de la nada”, como decía Octavio Paz del mexicano; su situación resulta ser más dramática: es alguien a quien agobia un sentimiento de orfandad, el hijo que busca al padre, el expósito al que se le niega un lugar en la casa paterna. La sensación de desamparo era general en la sociedad colonial. El indio, el mestizo y el criollo vivían, cada uno a su manera, una profunda orfandad que hacía que todos se sintieran ilegítimos. Luego de la muerte de Atahualpa y ante el derrumbamiento del panteón aborigen, el indio debió sentirse un ser sin asidero alguno, ni divino ni humano, huérfano total. El criollo también alimentaba un sentimiento de orfandad al constatar que la “madre patria” no le trataba con la deferencia que él esperaba. La lucha de los criollos por reivindicar su españolismo no es sino un capítulo en esta historia de nuestra búsqueda de identidad. Sin embargo, el personaje en quien más se acendró un sentimiento de orfandad fue el mestizo, el huairapamushca por esencia, evidencia de la culpa y la afrenta. La orfandad del mestizo era ausencia de padre; el progenitor era ignoto o lejano. En este abandono crece la imagen de la madre. La relación con la  madre es muy fuerte; se sustenta en una cadena de abnegaciones, silencios, lágrimas furtivas, rencor vago. En esta soledad, el sentimiento de orfandad crece como un gran vacío, germina la cultura del lamento. Es en el pasillo, música esencialmente mestiza, donde confesamos todas nuestras tragedias, traiciones, inconstancias y blasfemias; en síntesis, nuestra orfandad irredenta.

Publicado en Diario EL COMERCIO. Quito, 20 de diciembre 2013




La máscara y el Otro


Juan  Valdano

Vienen tiempos de máscaras, disfraces e inocentadas, tiempos de la broma y la chanza callejera; tiempos de dejar de ser uno y aparentar ser otro. Quien usa la máscara esconde su yo; ostenta lo que no es, disimula lo que es. Un gesto por el cual quien la usa dice al mundo: “ya no soy el que era, ahora soy otro”. Toda transformación encierra algo de secreto, obscuro e ignominioso. Toda metamorfosis es misteriosa y ambigua, tiende a esconderse; de ahí la máscara. Desde que el hombre existe, la máscara estuvo junto a él; la necesitó para ocultarse bajo una falsa identidad, aparentar ser otro: más feroz que un tigre, más terrorífico que un dios. Bastó mirarse en un estanque y decir: “Soy nadie, soy como todos, seré Otro” e inventó la máscara. En ese instante nació Narciso quien, al ver que sus ojos a sus ojos acechaban, descubrió la conciencia y con ella, la seducción, el disimulo, la astucia, la emboscada, la simulación, la utilidad de la paciencia. La máscara convierte al enmascarado en personaje y actor de una farsa y al mundo en su escenario; lo trasmuta en hechicero, en sapiente mediador entre los seres de un día y los inmortales, pues de estos ha recibido el vedado rostro de lo terrible.

El enmascaramiento es algo inherente a la naturaleza del ser humano. Nuestra conducta está marcada por el juego del engaño y la apariencia. Freud, Marx y Nietzsche, filósofos de la sospecha, desentrañaron el probable sentido de este oscuro impulso que nos impele al disfraz. Cada uno de ellos vislumbró los mecanismos que mueven el comportamiento enmascarado: las celadas de la conciencia. Para Freud, el ser humano no siempre es racional; al contrario hay, en él, mucho de irracionalidad, el inconsciente maneja las claves de su conducta y el Yo no manda en su propia casa. Marx se especializó en la denuncia de las máscaras ideológicas, de los elaborados mecanismos de control social a partir de las relaciones económicas. Decir que la vida es eterno conflicto es llover sobre mojado, Heráclito lo dijo hace siglos y Darwin volvió a esta idea en aquellos días en los que  Marx elaboraba su visión de la Historia como irreconciliable lucha entre los de arriba y los de abajo. En sus insomnios recurrentes Nietzsche vislumbró al ser humano agobiado bajo la opresiva máscara de una moral heredada, la “moral del rebaño”, despreciadora de la vida y los sentidos; redimirse de ella, dijo, es tarea de superhombres.

La máscara encubre el subconsciente que tras la faz asecha, espejo de secretas frustraciones, reflejo de carencias, jeroglífico de íntimos naufragios. No hay ser sin accidente,  salvo el Ser divino; ontológicamente somos la suma de accidentes, casualidades y atropellos que se han añadido a nuestra esencia humana. La metamorfosis es la escritura de la vida: la crisálida quiere ser mariposa, el rostro deviene en máscara y la máscara en persona.

Hay especies zoológicas  (y el ser humano es una de ellas) a las que la Naturaleza les ha dotado de asombroso talento mimético, facultad que les permite esconder, tras una grata apariencia su verdadero aspecto, no de otra forma, los humanos actuamos ante los demás en ciertas circunstancias. Todo ello es comportamiento instintivo y la conducta enmascarada una refinada técnica de engaño y conquista.

En lo que a nosotros concierne, pueblos andinos y mestizos, sostengo que hay dos rasgos que han marcado nuestro ser colectivo: el enmascaramiento y la orfandad. Me referiré a lo primero. Para ello, es inevitable regresar a lo que ya expuse en mi libro Identidad y formas de lo ecuatoriano (Eskeletra, 2005).

Hay un dicho popular que nos retrata: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Una conducta que siempre nos ha definido es esta tendencia a esconder lo que profundamente somos: nuestro origen y filiación mestiza; ello conlleva a ostentar aquello que no somos y a lo que, con toda el alma, anhelamos copiar: lo extranjero (europeo o yanqui). El huir de sí mismo, el ir tras sus quimeras es lo que hace del mestizo un hombre con un hondo vacío interno, un vacío que quiere llenarlo con presencias ajenas. El ¿quién soy? es su incógnita; el ¿cómo vivir?, el ¿cómo amar?, el ¿cómo morir? son sus frustraciones. Si la esencia del mestizo es un enigma, su existencia es una agonía. Somos comediantes por adaptación social. Si queremos sobresalir en una sociedad en la que todos esconden su identidad hay que ser buenos actores. Pueblo mitómano e imaginativo, la mentira es nuestra mayor flaqueza, pero también la fuente de nuestro ingenio. La mentira nunca es sana, pero entre nosotros puede ser lucrativa aunque siempre estéril porque a la par que nos niega, nos empequeñece. ¿Afán de vestirnos con disfraz prestado con la intención de parecer ante el mundo mejor de lo que en verdad somos? ¿Qué nos define? ¿Lo que somos y no lo aceptamos o lo que no somos y, por el contrario, lo anhelamos? ¿Qué es más importante en la vida: ser o parecer? ¿Vale más mostrarnos como una mala copia de lo ajeno, antes que identificarnos a partir de nuestras raíces? ¿Es buena la mentira porque nos maquilla y mala la verdad porque nos desdora? Estas y otras conexiones ideológicas subyacen, sin duda, en todas estas hechuras de titiritero.

La máscara pasa a ser el rostro y el parecer deviene en una forma de ser. Lo ridículo adquiere atuendo de dignidad; lo trágico cómico de las actuaciones se diluye en el patetismo con el que llevamos nuestras vidas. El camino de las paradojas está entonces abierto. Somos auténticos en la mentira y en la verdad, falaces. El actor se vuelve cómplice del personaje. No importa ser Nadie, lo que vale es parecer Alguien. Si hay en todo esto una ética, no es otra que la ética de la simulación.


6 de diciembre, 2013

sábado, 23 de noviembre de 2013

Los mares de Debussy



Juan Valdano

¿Quién no se habrá dejado seducir por ese oleaje de música que discurre en la sinfonía que sobre el mar compuso Claude Debussy? Escrita en 1903, “El mar” es la obra sinfónica que más define el estilo impresionista de su autor. En la historia de la música, Debussy significa una ruptura con las formas tradicionales del Romanticismo. Su obra marca la apertura a un nuevo lenguaje,  el camino por el que trajinará la música contemporánea. Con Debussy desaparece la anécdota; la grandilocuencia wagneriana es cada vez más lejana. En opinión de Pierre Boulez, el precursor de las formas musicales del siglo XX es Debussy y no Ígor Stravinski; sin aquel no se explicaría lo que, luego, vino detrás: las audacias de un Varese o de un Messiaen.

“El mar”, obra cumbre de Debussy, se abre a sonoridades sutiles y acordes sensoriales; una asociación de color, luminosidad, movimiento e instantaneidad. Escucharla es sumergirse en un vaivén de olas marinas en el suave declive de una playa. Música con exóticos ecos orientales de címbalos y ajorcas; flautas con el poder de encantar serpientes; cantos mágicos de sirenas que subyugan al argonauta; ulular de cornos que suenan a nostalgia, a lejano llamado de un misterio. Un desplegar de impresiones y sinestesias; una sabia concepción con un resultado admirable.  En fin, retorno a lo primitivo, a lo abisal, a lo dormido. En cierta forma, este mar de Debussy anunciaba los mesurados versos de Valery: “el mar, el mar que siempre está empezando…/ piel de pantera y clámide horadada… hidra absoluta/ que te muerdes la cola refulgente/ en un túmulo análogo al silencio” (Cementerio marino”).

En Debussy confluyen las corrientes espirituales y estéticas de la cultura francesa de fines del siglo XIX. En esa búsqueda de nuevas formas y lenguajes, su música se enriqueció en un ir y venir de influencias. Hay un diálogo constante con el simbolismo, el impresionismo y ese espíritu decadente de fin de siglo marcado por el pesimismo, el tedio y la filosofía de Schopenhauer. Ejemplo de ello son las coincidencias entre Debussy y los poetas simbolistas como Verlaine (“la música ante todo”), Rimbaud (su soneto a las vocales) y, sobre todo, Mallarmé quien trataba de conferir al verso sugestivas asonancias musicales o, como él decía: “dar un sentido más puro a las palabras de la tribu”. De igual forma, aquel afán sensualista del impresionismo pictórico, aquella insobornable voluntad de un Monet o un Cézanne por capturar en un lienzo la vibración instantánea de la luz sobre las cosas, es evidente también en la sensualidad colorista de Debussy.  

Pleno de sugestiones y sugerencias, esta sinfonía es el mar y todos los mares, a la vez; lo permanente y lo cambiante, la roca y la espuma; la apoteosis del sonido, la música sin otro asidero que la música misma; el “arte por el arte”. Debussy lo sugiere todo con esa lúcida inocencia de las cosas naturales y sencillas.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Los tiranos y sus novelas



Juan Valdano

No ha habido en Hispanoamérica dictador con caché que no haya pasado a la categoría de ilustre personaje literario.

         Si bien es verdad que los hispanoamericanos no somos los inventores de esa forma del Mal que son las dictaduras, sin embargo, la torturada historia de este Continente muestra que nuestros pueblos han debido sufrirlas cíclicamente como esas pestes que llegan y se quedan para desdicha de la humanidad. Parece que fue Julio César quien primero modeló el arquetipo del dictador vitalicio, patrón que muchos han imitado y siguen imitando imbuidos, como siempre, de la idea de que son ellos y nadie más que ellos los únicos guías y protectores de sus pueblos.

         La figura del dictador emerge cuando una sociedad está a punto de naufragar en la anarquía y el caos; para conjurar el peligro surge la necesidad de un caudillo que sea capaz de restablecer el orden y la ley. Tal fue el caso de García Moreno. Hay caudillos que, una vez trepados al poder, se engolosinan con él, inventan formas de eternizarse en el mando. Se erigen en destino de los ciudadanos, convierten en ley su arbitraria voluntad, constriñen la libertad individual. En vez de instaurar la armonía, se agrava la discordia. El tirano es ese rey que las ranas pedían a Júpiter les enviase. Tanto clamaron que el dios les envió lo que ellas merecían: una sierpe que acalló el charco devorándolas

         Nada bueno suelen dejarnos los tiranos a no ser la leyenda que tras  ellos pervive siempre. Sombría leyenda la suya, conseja que se  queda flotando en el tiempo, en tanto que su vera efigie se pierde en el pasado; fantasía que pasa a formar parte de la fábula que acerca del poder tiene el pueblo y que se convertirá, luego, en cantera inagotable de la que los escritores extraerán personajes y situaciones que pasarán a formar parte de novelas y relatos.

          No ha habido en Hispanoamérica dictador con caché que no haya pasado a la categoría de ilustre personaje literario. Mientras más inverosímiles son sus historias más cerca de la verdad se hallan. Entre los galardonados figuran: Rosas, el Doctor  Francia, García Moreno, Veintemilla, Estrada Cabrera, Rafael Trujillo, Juan Vicente Gómez, Manuel Odría. Acerca de sus crueldades, megalomanías, soledades, crímenes, vicios y pequeñeces han escrito y con provecho no pocos narradores: Mármol, Montalvo, Asturias, Roa Bastos, Carpentier, García Márquez, Alicia Yánez, Dávila, Vargas Llosa, en fin.

         Luego de hurgar en la desolada vida de estos tiranos hubo escritores que se sintieron decepcionados. Nada grandioso ni humanamente excepcional hallaron en ellos. Juan Montalvo se quejó por tener que enfrentarse con tiranuelos tan esmirriados que convertían en grotesco sainete toda esa máquina mortífera que él  estruendosamente movió en “Las catilinarias”. Con razón comentó Augusto Monterroso: “Todo el mundo desea un dictador auténtico, un Julio César, un Napoleón, un padre que valga la pena. Pero a nosotros siempre tienen que salirnos estos pobres diablos hechos a imagen y semejanza nuestra”.    

Brujas y candelas




Juan Valdano

    Desde hace unas décadas, cada 31 de octubre irrumpe en nuestro calendario la extraña celebración del Halloween. Digo “extraña” por lo intrusa e importada para nosotros los ecuatorianos, ya que no se origina en ninguna tradición latinoamericana ni tampoco en las costumbres de los pueblos ibéricos. Su intromisión y persistencia obedecen, claro está, a ese afán nuestro y nunca desmentido, de contagiarnos de lo ajeno, de adherirnos a lo foráneo; y, desde luego, a la eficaz promoción de modelos de conducta que difunde una cultura globalizada a través de medios de comunicación. Lo cierto es que resulta ya una costumbre, entre escalofriante y bufa, el presenciar ese día un insólito desfile de brujas, espectros, cadáveres ambulantes y más tétricos personajes portando flamígeras calabazas, un aquelarre en el que son los niños los principales protagonistas.

    James George Frazer, célebre autor de “La rama dorada”, da cuenta de los remotos orígenes del Halloween. Sus inicios estarían en el festival ígneo que solían celebrar los pueblos celtas la noche de la “víspera de todo lo sagrado” (All-hallow Even) que es el 31 de octubre, vigilia de Todos los Santos. En esa fecha, según el calendario celta, se iniciaba el año nuevo, por lo que los fuegos del Halloween en las montañas de Irlanda eran ritos purificatorios, la quema de lo viejo y la bienvenida a lo nuevo. Llega noviembre y en Europa se abren las puertas del invierno, el viento helado sopla en las desnudas arboledas, vuelve el tiempo de la esterilidad y el recogimiento. Para los antiguos celtas era el tiempo de la evocación de aquellos que se fueron, el culto pagano de los muertos. Las ánimas abandonaban los fríos cementerios para buscar el calor de la antigua casa y, junto a los parientes vivos,  abrigarse en torno al hogar doméstico. Pero esa noche, los difuntos familiares no llegaban solos, tras ellos desfilaba una terrorífica procesión de espectros, fantasmas, brujas volantes, duendes, momias resecas y más habitadores del inframundo quienes vagaban entre las sombras para aterrorizar al incauto que tenía la mala suerte de topar con uno de ellos al abrir una ventana o virar una esquina.

    Si estas celebraciones tuvieron su sentido en una sociedad arcaica con pensamiento mágico ¿cuáles podrían ser los motivos por los cuales persisten en las complejas sociedades contemporáneas? El Halloween y su culto por lo macabro bien podría parecer un simple juego de niños, sin embargo, el creciente entusiasmo que hoy despierta entre nosotros no deja de ser un inquietante síntoma de algo más profundo. ¿No será que los sentimientos de terror, asco y la conmoción por lo espantoso se han vuelto algo cotidiano en nuestras vidas? Echemos un vistazo al espectáculo cotidiano: la crónica roja (crimen, violación, asalto, sangre) copa los espacios de la prensa; la televisión alimenta un sentimiento colectivo de horror: la muerte, en su aspecto más espeluznante y sangriento, está siempre al centro de la escena; personajes monstruosos y violentos son los héroes que admiran nuestros niños; las quiebras y el desplome de la economía global son noticias de cada día; el fantasma del terrorismo quita el sueño en las ciudades; el trauma de la amenaza atómica alimenta la obsesión colectiva de un apocalíptico final del mundo. La sociedad contemporánea ha creado un morboso culto a la muerte, fomenta un clima de terror, de tragedia inminente. En fin, hay una proclividad por lo negativo y asqueroso. A pesar de que la sociedad del siglo XXI ha alcanzado mayores niveles de bienestar material y de seguridad social vivimos atenazados por el miedo: la confianza que antaño teníamos en la comunidad ha sido sustituida por la inseguridad. He aquí unos cuántos signos que indican que hemos dejado de lado la preferencia por los valores sociales positivos.

Nov. 2013