El novelista y ensayista cuencano es considerado uno de los más representativos del Ecuador contemporáneo. Archivo / EL COMERCIO TIEMPO DE LECTURA: 2' 51'' NO. DE PALABRAS: 457 Redacción Cultura Martes 24/12/2013 En 'Juan Valdano ante la crítica' (La Llave Ediciones), 33 escritores y académicos exponen respecto de la obra del narrador y ensayista cuencano, autor de insignes obras de la literatura ecuatoriana moderna como 'Humanismo de Albert Camus' (1973), 'Mientras llega el día' (1990) y 'Anillos de serpiente' (1998). El libro contiene ponencias de peritos nacionales y extranjeros, representantes de instituciones como la Université Nancy 2 de Francia, la Universidad de Nápoles L'Orientale, la Universidad de Chicago o la Universidad de Cuenca. En la obra de Valdano, que viene desarrollándose desde hace 40 años, se funden frecuentemente la ficción histórica con el comentario social y político; el libro da un vistazo a las etapas del desarrollo ecuatoriano, así como una perspectiva "humanista e ilustrada", como se explica en el tomo. "Un amplio registro de referencias culturales y eruditas, fruto de cauces tan ricos como la filosofía, historia, literatura, arte, mitología, crónica y leyenda". Los análisis de la literatura de Valdano se turnan entre el manejo del historicismo ecuatoriano en 'Mientras llega el día' y 'Anillos de serpiente' - también este un ejemplo de narración policial ecuatoriana- y sus reflexiones expuestas en 'Humanismo de Albert Camus', donde examina el sentido universal de la obra del filósofo francés; y otros temas. "Entre los mayores logros de 'Mientras llega el día' están las descripciones de los varios lugares de Quito de comienzos del siglo XIX", expone C. Michael Waag, PhD de la Universidad de Illinois. Entre el burdel-escuela de brujería de Candelaria, la Plaza Grande o el hospicio del Convento de la Compañía, se crea un escenario vívido y único para la inminente Declaración de la Independencia de Quito, en 1809, así como un comentario sobre el mal gobierno, las iniciativas libertarias, el mestizaje y la soledad del conocimiento. Teresa Gutiérrez, de la Universidad François Rabelais, de Tours (Francia) resalta de la estructura narrativa de la novela su total de nueve capítulos, cada uno por cada día de la ficción. Escribe: "Un crítico ecuatoriano compara esos nueve días con los nueve meses de la gestación (...) y evocan, a nuestro parecer, los siete que, asociados a las trompetas del Apocalipsis, dura la acción narrativa de 'En el nombre de la rosa". Resalta también los paralelos entre la narrativa de la obra y la arquitectura de la Iglesia de la Compañía de Jesús. Asimismo, en 'Anillos de serpiente', Jorge Dávila Vásconez recalca la presencia de una múltiple posibilidad de lecturas. A la obra la llama "uno de los libros más interesantes, ricos y sugerentes de la narrativa ecuatoriana de hoy".
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domingo, 16 de marzo de 2014
miércoles, 12 de febrero de 2014
El humor y la majestad del poder
Juan
Valdano
Nada hay más incómodo para el poderoso que el hecho de
que se rían de él. El autoritario no soporta la risa, peor el chiste. El humor
fastidia al poder porque lo despoja de solemnidad, lo desnuda, lo deja indefenso.
Los dictadores detestan la imaginación porque es subversiva. Los bufones de las
cortes reales sabían que ejercían un oficio peligroso. Si el tono con el que
recitaban sus ocurrencias no era del agrado del déspota terminaban entre los
tres palos de la horca. No ha habido dictador que se precie de tal que no haya
invocado la “majestad del poder” para reprimir cualquier alusión irónica a su
persona o a su régimen. Esto no lo digo yo, lo proclama la Historia, espejo de
costumbres, que nos muestra que así ha sido siempre. Francisco de Quevedo, el
gran poeta castellano, se atrevió a rimar unos versos zumbones y severos en los
que le cantaba las verdades al omnipotente Conde-Duque de Olivares. El
atrevimiento le costó años de prisión en la torre de San Marcos de León. En la
Alemania nazi se castigaba a todo aquel que osaba llamar Adolf a su perro. Charles
Chaplin parodió a Hitler en su película “El Gran Dictador”; el film fue
prohibido. En 2006, un periódico danés publicó unas caricaturas jocosas sobre
Mahoma. Ayatolas y musulmanes demandaron la cabeza del blasfemo.
Por lo visto, el poder y el humor nunca se han llevado
bien. El poder busca rodearse de grandiosidad y ceremonia, teatralidad y grandilocuencia,
trompetas y alfombras rojas. El humorista mira este espectáculo no desde la
platea, no desde la poltrona de los aplaudidores sino tras las bambalinas y a
hurtadillas, allí donde la tramoya fabrica ilusiones de gloria, allí donde se
cuelgan las máscaras. Y cuando la farsa palabrera concluye, el humorista (entre
irónico y regocijado) da su versión de aquello que se supone es serio, devela
el lado ridículo que, a veces, segrega la vida. La clave del humor es esa:
caricaturizar, exagerar, mas no mentir; presentar el perfil incongruente de la
realidad. . Desdicha incuestionable pero pasajera es sufrir, a veces, la
inquina de algún imbécil con poder y sin humor.
El humor es irreverente, irrespetuoso, libre y transgresor
y, en este juego, es probable que a alguien no le guste la alusión que el
humorista le endilga. Mas, cabrearse por ello, no cabe. El humor preserva la
salud mental, promueve la autocrítica. ¿Hay intocables a quienes no se les
puede representar desde la óptica del humorismo? La pregunta no tendría sentido
en países como Francia o Los Estados Unidos donde campea la libertad de
expresión.
Volvamos a la Historia: para combatir las dictaduras del siglo XIX Juan
Montalvo esgrimió su arma predilecta: la sátira, el humor negro y el sarcasmo,
su pluma soberbia, dardos que alcanzaron el corazón de los tiranos, fuego que
inflamó de coraje al pueblo. Todo déspota sabe que el humor es arma sutil:
llega a desequilibrar famas y jerarquías. Razón para aborrecerlo.
Febrero 2014
sábado, 21 de diciembre de 2013
En busca del padre
Por: Juan Valdano
Asunto recurrente en el mito
y la leyenda es la búsqueda del progenitor; personaje brumoso que por algún
evento aciago se alejó del hogar. Es una búsqueda del hijo; indagación impulsada
por la nostalgia de quien se siente huérfano y desheredado de un ancestro que,
por sangre y tradición, le corresponde. Es una historia que resurge en relatos
antiguos y modernos de culturas muy diversas; historia que muta sin dejar de
ser la misma: solo cambian los nombres y los ámbitos en los que se mueven los
personajes. Telémaco buscará siempre a Odiseo; Edipo no dejará de indagar su sibilino
ancestro; el Hijo Pródigo no descansará hasta recuperar el abrazo del padre; Juan
Preciado atravesará Comala indagando el paradero de Pedro Páramo. La búsqueda
del padre resulta ser un arquetipo generalmente trágico; el símbolo de la
exploración del propio Yo; la indagación acerca del origen; la eterna pregunta
sobre la identidad: ¿Quién soy?, ¿quiénes somos?
Desde los sosegados días
coloniales hasta los intranquilos de hoy dos rasgos han particularizado a esta
sociedad: el enmascaramiento y la orfandad. De lo primero hablé ya en un artículo
anterior; de lo segundo me ocuparé ahora.
Desde lo íntimo del Yo,
desde el cerco del super-Yo que teje la indeliberada trama de la conducta
cotidiana, el ecuatoriano no es aquel que “empieza en sí mismo” ni “el hijo
de la nada”, como decía Octavio Paz del mexicano; su situación resulta ser más
dramática: es alguien a quien agobia un sentimiento de orfandad, el hijo que
busca al padre, el expósito al que se le niega un lugar en la casa paterna. La
sensación de desamparo era general en la sociedad colonial. El indio, el
mestizo y el criollo vivían, cada uno a su manera, una profunda orfandad que
hacía que todos se sintieran ilegítimos. Luego de la muerte de Atahualpa y ante
el derrumbamiento del panteón aborigen, el indio debió sentirse un ser sin
asidero alguno, ni divino ni humano, huérfano total. El criollo también alimentaba
un sentimiento de orfandad al constatar que la “madre patria” no le trataba con
la deferencia que él esperaba. La lucha de los criollos por reivindicar su
españolismo no es sino un capítulo en esta historia de nuestra búsqueda de
identidad. Sin embargo, el personaje en quien más se acendró un sentimiento de
orfandad fue el mestizo, el huairapamushca
por esencia, evidencia de la culpa y la afrenta. La orfandad del mestizo era
ausencia de padre; el progenitor era ignoto o lejano. En este abandono crece la
imagen de la madre. La relación con la madre es muy fuerte; se sustenta en una cadena
de abnegaciones, silencios, lágrimas furtivas, rencor vago. En esta soledad, el
sentimiento de orfandad crece como un gran vacío, germina la cultura del
lamento. Es en el pasillo, música esencialmente mestiza, donde confesamos todas
nuestras tragedias, traiciones, inconstancias y blasfemias; en síntesis,
nuestra orfandad irredenta.
Publicado en Diario EL COMERCIO. Quito, 20 de diciembre 2013
La máscara y el Otro
Juan Valdano
Vienen
tiempos de máscaras, disfraces e inocentadas, tiempos de la broma y la chanza
callejera; tiempos de dejar de ser uno y aparentar ser otro. Quien usa la
máscara esconde su yo; ostenta lo que no es, disimula lo que es. Un gesto por
el cual quien la usa dice al mundo: “ya no soy el que era, ahora soy otro”.
Toda transformación encierra algo de secreto, obscuro e ignominioso. Toda
metamorfosis es misteriosa y ambigua, tiende a esconderse; de ahí la máscara.
Desde que el hombre existe, la máscara estuvo junto a él; la necesitó para
ocultarse bajo una falsa identidad, aparentar ser otro: más feroz que un tigre,
más terrorífico que un dios. Bastó mirarse en un estanque y decir: “Soy nadie,
soy como todos, seré Otro” e inventó la máscara. En ese instante nació Narciso quien,
al ver que sus ojos a sus ojos acechaban, descubrió la conciencia y con ella, la
seducción, el disimulo, la astucia, la emboscada, la simulación, la utilidad de
la paciencia. La máscara convierte al enmascarado en personaje y actor de una farsa
y al mundo en su escenario; lo trasmuta en hechicero, en sapiente mediador entre
los seres de un día y los inmortales, pues de estos ha recibido el vedado
rostro de lo terrible.
El
enmascaramiento es algo inherente a la naturaleza del ser humano. Nuestra
conducta está marcada por el juego del engaño y la apariencia. Freud, Marx y
Nietzsche, filósofos de la sospecha, desentrañaron el probable sentido de este
oscuro impulso que nos impele al disfraz. Cada uno de ellos vislumbró los
mecanismos que mueven el comportamiento enmascarado: las celadas de la
conciencia. Para Freud, el ser humano no siempre es racional; al contrario hay,
en él, mucho de irracionalidad, el inconsciente maneja las claves de su
conducta y el Yo no manda en su propia casa. Marx se especializó en la denuncia
de las máscaras ideológicas, de los elaborados mecanismos de control social a
partir de las relaciones económicas. Decir que la vida es eterno conflicto es
llover sobre mojado, Heráclito lo dijo hace siglos y Darwin volvió a esta idea
en aquellos días en los que Marx elaboraba
su visión de la Historia como irreconciliable lucha entre los de arriba y los
de abajo. En sus insomnios recurrentes Nietzsche vislumbró al ser humano
agobiado bajo la opresiva máscara de una moral heredada, la “moral del rebaño”,
despreciadora de la vida y los sentidos; redimirse de ella, dijo, es tarea de
superhombres.
La
máscara encubre el subconsciente que tras la faz asecha, espejo de secretas frustraciones,
reflejo de carencias, jeroglífico de íntimos naufragios. No hay ser sin
accidente, salvo el Ser divino;
ontológicamente somos la suma de accidentes, casualidades y atropellos que se
han añadido a nuestra esencia humana. La metamorfosis es la escritura de la
vida: la crisálida quiere ser mariposa, el rostro deviene en máscara y la
máscara en persona.
Hay
especies zoológicas (y el ser humano es
una de ellas) a las que la Naturaleza les ha dotado de asombroso talento mimético,
facultad que les permite esconder, tras una grata apariencia su verdadero
aspecto, no de otra forma, los humanos actuamos ante los demás en ciertas
circunstancias. Todo ello es comportamiento instintivo y la conducta
enmascarada una refinada técnica de engaño y conquista.
En
lo que a nosotros concierne, pueblos andinos y mestizos, sostengo que hay dos
rasgos que han marcado nuestro ser colectivo: el enmascaramiento y la orfandad.
Me referiré a lo primero. Para ello, es inevitable regresar a lo que ya expuse
en mi libro Identidad y formas de lo
ecuatoriano (Eskeletra, 2005).
Hay
un dicho popular que nos retrata: “Dime de qué presumes y te diré de qué
careces”. Una conducta que siempre nos ha definido es esta tendencia a esconder
lo que profundamente somos: nuestro origen y filiación mestiza; ello conlleva a
ostentar aquello que no somos y a lo que, con toda el alma, anhelamos copiar:
lo extranjero (europeo o yanqui). El huir de sí mismo, el ir tras sus quimeras
es lo que hace del mestizo un hombre con un hondo vacío interno, un vacío que
quiere llenarlo con presencias ajenas. El ¿quién soy? es su incógnita; el ¿cómo
vivir?, el ¿cómo amar?, el ¿cómo morir? son sus frustraciones. Si la esencia
del mestizo es un enigma, su existencia es una agonía. Somos comediantes por
adaptación social. Si queremos sobresalir en una sociedad en la que todos
esconden su identidad hay que ser buenos actores. Pueblo mitómano e
imaginativo, la mentira es nuestra mayor flaqueza, pero también la fuente de
nuestro ingenio. La mentira nunca es sana, pero entre nosotros puede ser
lucrativa aunque siempre estéril porque a la par que nos niega, nos
empequeñece. ¿Afán de vestirnos con disfraz prestado con la intención de
parecer ante el mundo mejor de lo que en verdad somos? ¿Qué nos define? ¿Lo que
somos y no lo aceptamos o lo que no somos y, por el contrario, lo anhelamos?
¿Qué es más importante en la vida: ser o parecer? ¿Vale más mostrarnos como una
mala copia de lo ajeno, antes que identificarnos a partir de nuestras raíces?
¿Es buena la mentira porque nos maquilla y mala la verdad porque nos desdora?
Estas y otras conexiones ideológicas subyacen, sin duda, en todas estas
hechuras de titiritero.
La
máscara pasa a ser el rostro y el parecer deviene en una forma de ser. Lo
ridículo adquiere atuendo de dignidad; lo trágico cómico de las actuaciones se
diluye en el patetismo con el que llevamos nuestras vidas. El camino de las
paradojas está entonces abierto. Somos auténticos en la mentira y en la verdad,
falaces. El actor se vuelve cómplice del personaje. No importa ser Nadie, lo que vale es parecer Alguien. Si hay en todo esto una
ética, no es otra que la ética de la
simulación.
6
de diciembre, 2013
sábado, 23 de noviembre de 2013
Los mares de Debussy
Juan Valdano
¿Quién
no se habrá dejado seducir por ese oleaje de música que discurre en la sinfonía
que sobre el mar compuso Claude Debussy? Escrita en 1903, “El mar” es la obra
sinfónica que más define el estilo impresionista de su autor. En la historia de
la música, Debussy significa una ruptura con las formas tradicionales del
Romanticismo. Su obra marca la apertura a un nuevo lenguaje, el camino por el que trajinará la música
contemporánea. Con Debussy desaparece la anécdota; la grandilocuencia
wagneriana es cada vez más lejana. En opinión de Pierre Boulez, el precursor de
las formas musicales del siglo XX es Debussy y no Ígor Stravinski; sin aquel no
se explicaría lo que, luego, vino detrás: las audacias de un Varese o de un Messiaen.
“El
mar”, obra cumbre de Debussy, se abre a sonoridades sutiles y acordes
sensoriales; una asociación de color, luminosidad, movimiento e instantaneidad.
Escucharla es sumergirse en un vaivén de olas marinas en el suave declive de
una playa. Música con exóticos ecos orientales de címbalos y ajorcas; flautas
con el poder de encantar serpientes; cantos mágicos de sirenas que subyugan al argonauta;
ulular de cornos que suenan a nostalgia, a lejano llamado de un misterio. Un desplegar
de impresiones y sinestesias; una sabia concepción con un resultado admirable. En fin, retorno a lo primitivo, a lo abisal, a
lo dormido. En cierta forma, este mar de Debussy anunciaba los mesurados versos
de Valery: “el mar, el mar que siempre está empezando…/ piel de pantera y
clámide horadada… hidra absoluta/ que te muerdes la cola refulgente/ en un
túmulo análogo al silencio” (Cementerio marino”).
En Debussy
confluyen las corrientes espirituales y estéticas de la cultura francesa de
fines del siglo XIX. En esa búsqueda de nuevas formas y lenguajes, su música se
enriqueció en un ir y venir de influencias. Hay un diálogo constante con el
simbolismo, el impresionismo y ese espíritu decadente de fin de siglo marcado por
el pesimismo, el tedio y la filosofía de Schopenhauer. Ejemplo de ello son las coincidencias
entre Debussy y los poetas simbolistas como Verlaine (“la música ante todo”),
Rimbaud (su soneto a las vocales) y, sobre todo, Mallarmé quien trataba de
conferir al verso sugestivas asonancias musicales o, como él decía: “dar un
sentido más puro a las palabras de la tribu”. De igual forma, aquel afán sensualista
del impresionismo pictórico, aquella insobornable voluntad de un Monet o un Cézanne
por capturar en un lienzo la vibración instantánea de la luz sobre las cosas, es
evidente también en la sensualidad colorista de Debussy.
Pleno
de sugestiones y sugerencias, esta sinfonía es el mar y todos los mares, a la
vez; lo permanente y lo cambiante, la roca y la espuma; la apoteosis del
sonido, la música sin otro asidero que la música misma; el “arte por el arte”. Debussy
lo sugiere todo con esa lúcida inocencia de las cosas naturales y sencillas.
miércoles, 6 de noviembre de 2013
Los tiranos y sus novelas
Juan Valdano
No
ha habido en Hispanoamérica dictador con caché que no haya pasado a la
categoría de ilustre personaje literario.
Si bien es verdad que los
hispanoamericanos no somos los inventores de esa forma del Mal que son las
dictaduras, sin embargo, la torturada historia de este Continente muestra que
nuestros pueblos han debido sufrirlas cíclicamente como esas pestes que llegan
y se quedan para desdicha de la humanidad. Parece que fue Julio César quien
primero modeló el arquetipo del dictador vitalicio, patrón que muchos han
imitado y siguen imitando imbuidos, como siempre, de la idea de que son ellos y
nadie más que ellos los únicos guías y protectores de sus pueblos.
La figura del dictador emerge cuando
una sociedad está a punto de naufragar en la anarquía y el caos; para conjurar
el peligro surge la necesidad de un caudillo que sea capaz de restablecer el
orden y la ley. Tal fue el caso de García Moreno. Hay caudillos que, una vez
trepados al poder, se engolosinan con él, inventan formas de eternizarse en el
mando. Se erigen en destino de los ciudadanos, convierten en ley su arbitraria
voluntad, constriñen la libertad individual. En vez de instaurar la armonía, se
agrava la discordia. El tirano es ese rey que las ranas pedían a Júpiter les
enviase. Tanto clamaron que el dios les envió lo que ellas merecían: una sierpe
que acalló el charco devorándolas
Nada bueno suelen dejarnos los tiranos
a no ser la leyenda que tras ellos
pervive siempre. Sombría leyenda la suya, conseja que se queda flotando en el tiempo, en tanto que su
vera efigie se pierde en el pasado; fantasía que pasa a formar parte de la
fábula que acerca del poder tiene el pueblo y que se convertirá, luego, en
cantera inagotable de la que los escritores extraerán personajes y situaciones
que pasarán a formar parte de novelas y relatos.
No ha habido en Hispanoamérica dictador con
caché que no haya pasado a la categoría de ilustre personaje literario.
Mientras más inverosímiles son sus historias más cerca de la verdad se hallan.
Entre los galardonados figuran: Rosas, el Doctor Francia, García Moreno, Veintemilla, Estrada
Cabrera, Rafael Trujillo, Juan Vicente Gómez, Manuel Odría. Acerca de sus
crueldades, megalomanías, soledades, crímenes, vicios y pequeñeces han escrito
y con provecho no pocos narradores: Mármol, Montalvo, Asturias, Roa Bastos,
Carpentier, García Márquez, Alicia Yánez, Dávila, Vargas Llosa, en fin.
Luego de hurgar en la desolada vida de
estos tiranos hubo escritores que se sintieron decepcionados. Nada grandioso ni
humanamente excepcional hallaron en ellos. Juan Montalvo se quejó por tener que
enfrentarse con tiranuelos tan esmirriados que convertían en grotesco sainete
toda esa máquina mortífera que él estruendosamente
movió en “Las catilinarias”. Con razón comentó Augusto Monterroso: “Todo el
mundo desea un dictador auténtico, un Julio César, un Napoleón, un padre que
valga la pena. Pero a nosotros siempre tienen que salirnos estos pobres diablos
hechos a imagen y semejanza nuestra”.
Brujas y candelas
Juan Valdano
Desde
hace unas décadas, cada 31 de octubre irrumpe en nuestro calendario la extraña
celebración del Halloween. Digo “extraña” por lo intrusa e importada para
nosotros los ecuatorianos, ya que no se origina en ninguna tradición
latinoamericana ni tampoco en las costumbres de los pueblos ibéricos. Su
intromisión y persistencia obedecen, claro está, a ese afán nuestro y nunca
desmentido, de contagiarnos de lo ajeno, de adherirnos a lo foráneo; y, desde
luego, a la eficaz promoción de modelos de conducta que difunde una cultura
globalizada a través de medios de comunicación. Lo cierto es que resulta ya una
costumbre, entre escalofriante y bufa, el presenciar ese día un insólito
desfile de brujas, espectros, cadáveres ambulantes y más tétricos personajes
portando flamígeras calabazas, un aquelarre en el que son los niños los
principales protagonistas.
James
George Frazer, célebre autor de “La rama dorada”, da cuenta de los remotos
orígenes del Halloween. Sus inicios estarían en el festival ígneo que solían
celebrar los pueblos celtas la noche de la “víspera de todo lo sagrado” (All-hallow Even) que es el 31 de
octubre, vigilia de Todos los Santos. En esa fecha, según el calendario celta,
se iniciaba el año nuevo, por lo que los fuegos del Halloween en las montañas
de Irlanda eran ritos purificatorios, la quema de lo viejo y la bienvenida a lo
nuevo. Llega noviembre y en Europa se abren las puertas del invierno, el viento
helado sopla en las desnudas arboledas, vuelve el tiempo de la esterilidad y el
recogimiento. Para los antiguos celtas era el tiempo de la evocación de
aquellos que se fueron, el culto pagano de los muertos. Las ánimas abandonaban
los fríos cementerios para buscar el calor de la antigua casa y, junto a los parientes
vivos, abrigarse en torno al hogar
doméstico. Pero esa noche, los difuntos familiares no llegaban solos, tras
ellos desfilaba una terrorífica procesión de espectros, fantasmas, brujas
volantes, duendes, momias resecas y más habitadores del inframundo quienes vagaban
entre las sombras para aterrorizar al incauto que tenía la mala suerte de topar
con uno de ellos al abrir una ventana o virar una esquina.
Si
estas celebraciones tuvieron su sentido en una sociedad arcaica con pensamiento
mágico ¿cuáles podrían ser los motivos por los cuales persisten en las
complejas sociedades contemporáneas? El Halloween y su culto por lo macabro
bien podría parecer un simple juego de niños, sin embargo, el creciente
entusiasmo que hoy despierta entre nosotros no deja de ser un inquietante síntoma
de algo más profundo. ¿No será que los sentimientos de terror, asco y la
conmoción por lo espantoso se han vuelto algo cotidiano en nuestras vidas? Echemos
un vistazo al espectáculo cotidiano: la crónica roja (crimen, violación,
asalto, sangre) copa los espacios de la prensa; la televisión alimenta un
sentimiento colectivo de horror: la muerte, en su aspecto más espeluznante y
sangriento, está siempre al centro de la escena; personajes monstruosos y
violentos son los héroes que admiran nuestros niños; las quiebras y el desplome
de la economía global son noticias de cada día; el fantasma del terrorismo quita
el sueño en las ciudades; el trauma de la amenaza atómica alimenta la obsesión
colectiva de un apocalíptico final del mundo. La sociedad contemporánea ha
creado un morboso culto a la muerte, fomenta un clima de terror, de tragedia
inminente. En fin, hay una proclividad por lo negativo y asqueroso. A pesar de
que la sociedad del siglo XXI ha alcanzado mayores niveles de bienestar
material y de seguridad social vivimos atenazados por el miedo: la confianza que
antaño teníamos en la comunidad ha sido sustituida por la inseguridad. He aquí
unos cuántos signos que indican que hemos dejado de lado la preferencia por los
valores sociales positivos.
Nov.
2013
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