lunes, 14 de agosto de 2017

MIENTRAS LLEGA EL DIA EN TRADUCCIÓN AL ITALIANO

LA STORIA SEGRETA DELL’ECUADOR

Scritto da  
La storia segreta dell’Ecuador
Il numero 27 della collana Gli Eccentrici di Arcoiris è un’opera decisamente diversa da quelle precedenti. Nonostante non si tratti dell’opera più datata della collana, possiamo considerare il romanzo di Valdano un esempio classico del romanzo moderno. In attesa del giorno ripercorre per genere e contenuti un momento fiorente, ma in apparenza esaurito, della letteratura ispanoamericana e finanche peninsulare. In attesa del giorno è, infatti, un voluminoso romanzo storico.
Supera di poco le trecentocinquanta pagine e racconta una serie di vicende notturne intorno all’organizzazione dell’insurrezione indipendentista in Ecuador. La prima edizione dell’opera è del 1990 (anno in cui ha vinto il Premio Nacional de Literatura) e solo grazie all’importante lavoro di ricerca di Maria Rossi nel Paese andino è arrivato in Italia. Siamo quindi all’inizio del XIX secolo e i personaggi storici che vi si affacciano, guidati dalla memoria del grande mentore dell’indipendenza ecuatoriana Eugenio Espejo, discutono di filosofia, libertà e insurrezione. Inutile dire che vengono vessati dai realisti e dai loro lacchè.
Si tratta di un romanzo storico tout-court in cui è pressoché assente la riflessione metaletteraria del post-. In America Latina, infatti, questo genere ha visto un cambiamento radicale almeno dagli anni ’70 in poi. Sul tema c’è già una monografia di riferimento, quella di Seymour Menton, La Nueva Novela Histórica de América Latina(1993) e anche una italiana, della salernitana Rosa Maria Grillo (Escribir la historia, 2010). La differenza sostanziale tra i due modelli starebbe nel cambiamento radicale dell’ermeneutica della storia. Come in quella famosa frase di Cervantes/Pierre Menard/Borges per cui la storia è madre della verità, l’arcano è di prospettiva: la storia è la depositaria della verità o semplicemente la sua elaborazione? E quindi, nel nuovo romanzo storico, scrivere la storia diventa una riflessione sulle modalità della memoria, della ricerca e della narrazione dei fatti: un conquistador spagnolo elabora il senso delle sue imprese; un dittatore cerca di dettare le sue memorie, e un ricercatore, nel futuro, le ricostruisce.
Il romanzo di Valdano non ha tale urgenza. Si propone di offrire una versione narrativa dei moti indipendentisti senza che i fatti vengano sottoposti a giudizio. E forse non potrebbe essere diverso. La componente ecuadoriana dei padri della patria latinoamericani è pressoché ignorata. Se il poema Neoclassico delle gesta di Simón Bolívar è dell’ecuadoriano José Joaquín de Olmedo (mi riferisco a La victoria de Junín, 1825), il resto dei moti indipendentisti dell’Ecuador è avvolto ancora da una relativa indifferenza. Potrà sembrare tardivo il tutto: la tipologia della scrittura, la tematica, anche il personaggio maggiormente narrativo dell’opera, Candelaria, una vecchia e intrigante alcahueta (una ruffiana, una celestina, appunto, un tema fortemente ispanico).
Però, chi può dire di conoscere una cultura ecuadoriana? Qualcuno si chiederebbe, addirittura, se esiste una cultura ecuadoriana? Sì, esiste una cultura ecuadoriana ed è anche di ottima qualità (giovani cyberinformati, cercate i film di Sebastián Cordero). Juan Valdano è un momento necessario nel dibattito sull’identità di un Paese, non solo in merito a ciò che è successo, ma anche per quello che si propone di essere. Quando, a pagina 191, leggiamo la frase “voglio essere orfano di tutte le carni”, riscontriamo un chiaro riferimento al meticciato del protagonista e di tutto l’Ecuador. Una politica inclusiva che, in forma utopica, molti padri della patria avevano e che è stata poi deliberatamente accantonata dalle élite decimononiche.
Un giorno Valdano sarà superato e tardivo, e meno male, visto che qualcuno si sarà preoccupato di renderlo obsoleto. Per il momento ci troviamo di fronte a un tassello necessario della letteratura nazionale che dovremmo essere contenti di esplorare.





Juan Valdano
In attesa del giorno (Mientras llega el día)
traduzione e cura di Maria Rossi
Arcoiris, Salerno, 2017

martes, 24 de mayo de 2016

Cuando hablan las lágrimas


Juan Valdano

Ahora, cuando muchos compatriotas han muerto bajo los escombros que dejó el terremoto de abril, y cuando tantos otros emergieron con vida de entre las ruinas como si hubieran salido de una anticipada tumba he pensado que bien vale una breve reflexión acerca de la singular experiencia vivida, un instante para pensar sobre el dolor y la lágrima. Y aunque esto suene a trivialidad y paradoja, no hay tragedia humana en la que vida y muerte se entremezclen. Y si es la vida la que, al fin, triunfa nos sobrecogen vivencias en las que extrañamente se confunden gozo y sufrimiento, lágrimas y sonrisas.

 Con una lágrima comienza todo y con otra termina todo. Hay lágrimas al nacer y hay lágrimas al morir. Las hay de gozo, de ternura, de despecho, de dolor. Unas son consentidas, brotan impulsadas por un legítimo deseo de llorar y hay otras, esas que afloran sin haberlas llamado, las que, para vergüenza de quien las vierte, corren por el rostro delatando sentimientos y flaquezas escondidas. Solo los niños las expresan abiertamente, las lágrimas son su lenguaje. Verdades hay que se tornan evidentes después de haber derramado unas cuántas lágrimas. 

Llorar es tan necesario como reír o cantar. Es desahogarse, aplacarse, liberarse de opresiones íntimas. Desde la psicología, llorar es comenzar a curarse. Lágrimas que no se lloran serán silencios que nos pesen, tristezas que se empocen. Quien llora y dedica sus lágrimas a aquel que las causó, estas se convierten en acusación y condena. Llorar es un don tan preciado como el perdonar y pocos los tienen juntos. Cuando las lágrimas van unidas al perdón y es una madre quien las derrama porque los hijos la han abandonado entonces, esas lágrimas son su castigo. Quien ama, sufre y quien conoce mucho es porque mucho ha sufrido.

Al igual que la palabra articulada, la lágrima es privativa del ser humano. Una y otra son testimonios del espíritu, expresiones del alma oculta. Nadie llora por el futuro, por lo que aún no ha sido; se llora por el presente, por lo que es y lo que fue. Y si la conciencia es dolor como pensaba Schopenhauer y, a más de ello,  es duración, temporalidad pura como decía Bergson, entonces el dolor del ser humano no es otra cosa que vivencia del pasado. Con las lágrimas de la humanidad entera se podría anegar al mundo.

Cuando la belleza de un paisaje nos deslumbra y la nobleza de una acción nos conmueve; cuando una melodía o un poema remueven las fibras sensibles del alma y, en fin, cuando el sufrimiento de los otros (de los próximos y los lejanos) nos llega y nos duele y en todos estos instantes no hallamos las palabras adecuadas para decir lo que sentimos, y no las hallamos porque en el pecho se atoran y nos oprimen, entonces suelen ser las lágrimas las que inesperadamente acuden y se expresan en silencio y no hay en el mundo lenguaje más elocuente que aquel en el que una lágrima sola sustituye a cien palabras.


Publicado el 18 - Mayo- 2016 en el Diario El Comercio de Quito

jueves, 5 de mayo de 2016

JUAN VALDANO

   
       Juan Valdano

Juan Valdano Morejón, escritor ecuatoriano, nació en Cuenca (Ecuador) el 26 de diciembre de 1939. Fueron sus padres Juan Nicolás Valdano Machiavello y Asunción Morejón Espinosa. Por el lado paterno desciende de una familia de inmigrantes italianos (Nicolo Valdano Merello y María Maddalena Machiavello) oriundos de Rapallo, provincia de Génova y quienes se establecieron en Guayaquil hacia 1877.

Formación e inicios literarios: Cursó estudios primarios y secundarios en Cuenca. Alumno de los jesuitas (Colegio Rafael Borja). Se gradúa de bachiller en 1958. Estudios superiores en la facultad de Filosofía y Letras y en la facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Cuenca. En 1965 culmina las dos carreras logrando sendas condecoraciones  (Premio “Benigno Malo”) como mejor egresado de cada una de ellas. En ese mismo año gana una beca y viaja a Francia. Estudios de postgrado en Letras Modernas en la Universidad d´Aix-en-Provence e Historia del Arte en la Sorbona, París. En 1977 realiza estudios de Filología Hispánica en la universidad Complutense de Madrid. En 1965 contrae matrimonio con Clara López Moreno, nieta del poeta modernista Alfonso Moreno Mora. Son sus hijos: Juan Esteban, Ximena Lucía y Clara Verónica Valdano López. Doctor en Filosofía y Letras. Su tesis versó sobre el “Humanismo de Albert Camus”, trabajo que fue publicado en 1973 (segunda edición, La llave editores, Quito, 2016). Profesor universitario, ha ejercido las  cátedras de Francés, Literatura Hispanoamericana y Ecuatoriana, Análisis de textos literarios. Durante el gobierno de Oswaldo Hurtado Larrea (1981-1984) fundó la Subsecretaria de Cultura (1981) en el Ministerio de Educación y Cultura, cargo que lo ejerció en dos oportunidades (1981 a 1984 y de 2001 a 2002). Ha dictado conferencias sobre la cultura, políticas culturales, literatura ecuatoriana e hispanoamericana en Estados Unidos, Reino Unido, Francia, España, Argentina y Chile. Ha representado a su país en diversos foros internacionales como la UNESCO, OEA, Convenio Andrés Bello, entre otros. Desde 203 es miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua y Correspondiente de la Real Academia Española. Columnista de opinión en el diario El Comercio de Quito.

Obra literaria: Juan Valdano es autor de una prolífica obra. Su producción intelectual se vierte en los géneros del ensayo literario, filosófico e histórico; en la novela y en el cuento. Sus obras han obtenido los siguientes premios: Premio Nacional Joaquín Gallegos Lara (Municipio Metropolitano de Quito, por tres ocasiones), Premio José de la Cuadra (Municipio de Guayaquil), Premio José Peralta (Municipio Metropolitano de Quito), Condecoración Fray Vicente Solano (Municipio de Cuenca), Condecoración al Mérito Cultural (Ministerio de Educación). Sus cuentos y relatos constan en varias antologías literarias. Por dos ocasiones sus novelas han sido llevadas al cine (“Mientras llega el día” en el 2004 y el cuento “La araña en el rincón”, 1983). Su novela histórica “Mientras llega el día” ha sido traducida al italiano (María Rossi, traductora) y publicada por editorial Arcoiris de Salerno (2016). Dirigió la colección bibliográfica titulada Biblioteca Básica de Autores Ecuatorianos en 28 volúmenes y publicada por la Universidad Técnica Particular de Loja (2015 – 2016).

 A continuación reseñamos un catálogo incompleto de sus obras publicadas hasta la fecha (2016):

NOVELA: Mientras llega el día (1990); Anillos de serpiente (1998); El fuego y la sombra (2001); La memoria y los adioses (2006).
CUENTO: Las huellas recogidas (1980); La celada (2002); Juegos de Proteo (2008); Antología personal (2012); Ciudad soñada (2016).
ENSAYO: Humanismo de Albert Camus (1973); La nación ecuatoriana como interrogante (1971); Panorama de las generaciones ecuatorianas (1975); La pluma y el cetro (1977); El cuento ecuatoriano: estructuras, tendencias y procedimientos (1978); Léxico y símbolo en Juan Montalvo (1980; Juan Montalvo: selección y comentario de textos (1981); Ecuador: cultura y generaciones (1985); Historia del Ecuador: ensayos de interpretación (coautor, 1985); Prole del vendaval (1999); Historia de las literaturas del Ecuador (coautor: 2002); Identidad y formas de lo ecuatoriano (2005); Palabra en el tiempo (2008); Generaciones e ideologías y otros ensayos (2009); Los espejos y la noche (2009); La selva y los caminos (2010); La brújula del tiempo (2016, selección de 150 artículos publicados en diario El Comercio de Quito).

Algunas opiniones acerca de su obra literaria:

Mientras llega el día propone una lectura original de la historia de Ecuador. Al situar al mestizo en los cimientos del orden nuevo, un mestizo libre de todos los resentimientos inherentes al contacto prolongado de las razas y a los conflictos ancestrales, la propuesta de Juan Valdano trastorna los enfoques tradicionales y ofrece una lectura novedosa de la aventura de la independencia; al mismo tiempo, invita a cada hombre a abrirse a lo nuevo para buscar la justicia y la libertad. En efecto, el período emancipador no es, a su modo de ver, un momento singular de la historia. Éste tiene que prolongarse en el Ecuador contemporáneo, que ha de inventar, en las crisis que conoce, los combates de liberación necesarios para que salga a la luz la verdadera identidad nacional, fundada en la cultura popular. Este camino hacia la libertad, que cada uno prosigue necesariamente en el sitio donde se encuentra y en su fuero íntimo, ha de llevarlo a «tratar de transcender el mundo» (Nicole Fourtané).

Anillos se serpiente tiene lo suyo: narrada con bien pulso, con una trama bien armada, sostiene el interés y nos cuenta la historia de un oscuro burócrta policial, Heráclito Cardona, a quien se le ordena inventar –como tarea política y con todas las evidencias y pruebas necesarias- el asesinato de un partidario del régimen cuya muerte fue declarada natural. A través de una mezcla de novela policial deductiva y de novela negra, lo que descubre Cardona es la corrupción hasta el tuétano del poder, las clases dominantes y los políticos, cuyo lema (expresado por su jefe máximo, cuyo rango es de ministro) subraya: “una verdad políticamente inconveniente pasa, ipso facto, a ser una mentira” y “una mentira políticamente rentable se convierte, ipso jure, en una verdad”. (…) La novela está muy bien lograda, lo mejor de lo que había leído de Valdano hasta ahora, incluida la toma de conciencia del protagonista y el epílogo que, aun siendo tan positivos, resultan convincentes, o que es muy difícil de plasmar. (Miguel Donoso Pareja)

      En El fuego y la sombra Juan Valdano conjuga, con elevado nivel, la historia ecuatoriana y la mitología clásica. Elementos contrapuestos se enlazan con enorme espontaneidad en las amenas páginas de esta novela, mostrando un franco contrapunto de realidad e imaginación, de historia y fantasía, de ciudad y naturaleza, de mito y realidad. El escritor exhibe un profundo dominio en la caracterización de los personajes y en el entramado narrativo de las aventuras. La amalgama de figuras extraída de nuestra historia con aquellas de las leyendas homéricas dibuja un largo periplo que desemboca en una Ítaca ecuatoriana, mezcla de misterio y de belleza. Las aguas del Egeo se reflejan en las caudalosas aguas del río Cayapas y de  todos aquellos elementos que, a través de un bien aprovechado lenguaje rico en valores literarios, permiten una agradable y ágil lectura y un proceso de recreación, especialmente, aprovechados.” (María Eugenia Moscoso).

Juegos de Proteo: La lengua artística de Juan Valdano es abundante, rica, precisa, de uso   exacto y prolijo. Estas cualidades nos permiten comprender por qué es, actualmente, uno de los más conspicuos y prolíficos miembros de la Academia Ecuatoriana de la Lengua; pero aparte de ello también es muy notoria la singular habilidad narrativa y descriptiva. (Oswaldo Encalada Vásquez).
Valdano desentierra personajes de la historia; discípulo de la enseñanza cervantina, juega con la idea de viejos manuscritos desenterrados, y narraciones superpuestas que reconstruyen fragmentariamente el relato evocado. (Alicia Ortega).

Ecuador: cultura y generaciones: La propuesta de Valdano tiene el triple mérito de ser fruto de la búsqueda expresa (y muy rara entre nosotros) de un método de análisis; de integrar varios niveles de estudio de la realidad ecuatoriana; y sobre todo, de despertar con fuerza la polémica. Partiendo de la complejidad de la teorización y de algunos elementos metodológicos previos, establece como categoría básica de analisis la generación entendida como portadora de una cosmovisión propia en cada momento de desarrollo de la sociedad. Tomando como punto de partida el final del siglo XVIII, Valdano establece una secuencia generacional que, a su vez, revela la perseverancia de tres grandes “conciencias” que agrupan a las generaciones. Al margen de que coincidamos o no con la propuesta de Juan Valdano, debemos reconocer su gran capacidad de penetración en la realidad cultura el Ecuador. Su obra, en este sentido, es un significativo aporte. (Enrique Ayala Mora)

Palabra en el tiempo: Pasión de estilo. En los textos reunidos en Palabra en el tiempo lo que se muestra es algo que es característica, dentro de la tradición, de nuestra ensayística: pasión y voluntad de estilo. Algo que desde Martí, pasando por Montalvo, Rodó, Alfonso Reyes, Mariátegui, Pedro Henríquez Ureña, Benjamín Carrión, hasta llegar a Octavio Paz, Borges y Vargas Llosa,  no ha dejado de ser una constante, que sin duda ha sabido mostrar las variantes que en términos dialécticos deben operarse. En cada uno de estos textos, esa pasión sin la cual, al decir de Hegel nada es posible, está presente. Incluso, en trabajos que adquieren (los de la primera parte y la tercera) la estructura del artículo periodístico, la pasión no deja de revelarse, de contagiarse y contagiarnos. Artículos que para tener un cabal sentido expresivo están imbuidos de una voluntad de estilo que permiten que el flujo de ideas se produzca sin interrupciones. (Raúl Serrano)

Identidad y formas de lo ecuatoriano: La cuestión de la identidad ecuatoriana es, sin lugar a dudas, uno de los temas centrales de la producción de Juan Valdano, pero es, justamente, en su libro Identidad y formas de lo ecuatoriano donde sistematiza sus teorías y visiones particulares. En esta obra recoge una serie de vivencias y reflexiones sobre la vida y la cultura de los ecuatorianos, una gran diversidad de aspectos que constituyen la identidad del país. Se plantea cuestiones de esta naturaleza: ¿es la identidad ecuatoriana una e inamovible o cambia junto con los tiempos y la actitud de quienes conforman la sociedad?

El "valor literario" del libro que comentamos reside básicamente en su capacidad de condensación, la interrelación entre mito y utopía, entre épica y barroco, entre encuentros (el deseo de definir una identidad nacional) y desencuentro s (la imposibilidad de encontrarla). Es decir, una reflexión ontológica sobre el hombre en la perspectiva poética existencial, propia del ensayo latinoamericano contemporáneo. El mismo autor reconoce: “Nuevamente volvemos al fundamental principio socrático del "conócete a ti mismo" que nos evoca, de manera explícita, en los escritos de Eugenio Espejo cuando en 1972 inició la publicación del periódico "Primicias de la cultura de Quito". Tal mandato está siempre al inicio de toda indagación sobre la identidad de un pueblo”. (2006: 69) (Carlos Pérez Agustí).

lunes, 18 de abril de 2016

De la felicidad y la política


Juan Valdano

De la felicidad contadas cosas podemos decir: que muchos la buscan, pocos la alcanzan y algunos no creen en ella. La cuestión vuelve al orden del día toda vez que está regresando el Estado paternalista, el que, entre sus ofertas, erige el baratillo de la felicidad. Aquello había ocurrido (y aún ocurre) en regímenes totalitarios con una ideología férrea que no permitía disidencia alguna y en los que las generaciones presentes eran sacrificadas en nombre de una hipotética felicidad futura. Entonces, la felicidad –algo esencialmente privado-, se empantanó en esa cosa viscosa que es la política. En Venezuela, por ejemplo, el presidente Maduro ha creado un pomposo “Viceministerio de la Suprema felicidad del pueblo revolucionario” y vayan a saber ustedes qué significa aquello. En el Ecuador, el gobierno de la Revolución Ciudadana está empeñado en “medir la FIB”  (Felicidad Interna Bruta). Y todos estamos deseosos de saber cuán grande es nuestra FIB, pues, según parece, un genio ha inventado un novedoso felizómetro (valga el neologismo). 

Y es que la misma palabra felicidad tiene un estatus especial en la trama discursiva. Puede convertirse en un tópico entre ingenuo y especulativo; todo depende de quién la mencione y en qué contexto se la evoque. Si lo primero, contagiará de fantasía y puerilidad una historia que, de antemano, consideramos inventada, pues al igual que las hadas, la felicidad contamina de ingenuidad los relatos infantiles. Si lo segundo, bien podríamos zambullirnos en honduras metafísicas. 

 Hoy, la felicidad ha pasado a ser producto cotizado y con mucha demanda. Eso lo saben predicadores, psiquiatras, publicistas y políticos. No hay más que echar un vistazo al supermercado de ideologías que siempre está atiborrado de proveedores y clientes. Allí están los tenderetes de los profetas de la nueva fe, allí los barbudos gurús y maestros orientales con olor a sándalo y palo santo, allí los publicistas con su último adelanto tecnológico (computadoras que reconocen la voz del dueño), allí la tarima de los políticos ofertando el “buen vivir”. Todos prometen lo mismo: el paraíso, el analgésico perfecto, la felicidad a la vuelta de la esquina.

Nos hemos olvidado que la felicidad no es un asunto de charlatanes, fanáticos ni políticos; es algo que incumbe al fuero interno de la persona,  pertenece al campo de la ética. Al Estado le corresponde lo público, el bienestar general de los ciudadanos, lo suyo es la política. La felicidad y la libertad pertenecen al fuero íntimo de las personas. El Estado no debe inmiscuirse en ese ámbito; si lo hace se convierte en el mayor inconveniente para la felicidad del ciudadano. Mientras menos Estado, más individuo; mientras más Estado, menos libertad.


La felicidad supone que, de por medio, hay una insatisfacción, la necesidad de tener algo, ser algo, llegar a ser alguien. Para la mayoría, la felicidad consiste en alcanzar algo ordinario, simplemente sobrevivir. La necesidad cortejada por el deseo lleva a la feliz posesión del bien soñado. A su vez, la carencia adjuntada a la apatía es el principio de la infelicidad.  Si nuestros proyectos están dentro de lo alcanzable, la felicidad será posible; de lo contrario estaríamos condenados, por voluntad propia, a una permanente infelicidad. El impulso a la felicidad es legítima afirmación del yo, la más  depurada expresión del individualismo, un sentirse bien con el entorno, la proyección ética de la conciencia en relación con el mundo.

Publicado en Diario El Comercio de Quito

La generación del “Punto com”


Juan Valdano

Aquellos ecuatorianos que nacieron entre los años 80 y finales de los 90 del siglo XX y que hoy (2016) andan entre los veinte y treinta años de edad conforman una generación emergente en cuya formación gravitaron las circunstancias sociales, políticas y culturales por las que atravesaron el país y el mundo durante esa crucial etapa histórica. Es una generación que hoy busca relevar a las más adultas que, por ahora, tienen en sus manos la conducción de la sociedad. Este novísimo elenco de hombres y mujeres, si bien bisoño, nada tiene de aprendiz; al contrario, y no obstante sus cortos años, se ha preparado a conciencia, sabe tantas cosas nuevas, pues mucho tiene que decirnos y mucho que enseñarnos a nosotros los viejos.

Esta generación a la que me atrevo a llamarla Generación del punto com (pues llegó de mano de la Internet), ostenta un pensamiento y un talante propios, es dueña de excepcionales aptitudes vitales e  intelectuales y posee un acervo de habilidades y conocimientos científicos y tecnológicos, como nunca antes había exhibido generación alguna en el pasado. Está preparada para asumir los retos y responsabilidades que le corresponden en la sociedad que la formó.

A partir de la segunda mitad del siglo XX el mundo contemporáneo experimentó una paulatina aceleración de su ritmo histórico. Hechos inéditos y globales trastrocaron nuestra tradicional sensación del tiempo: irrupción de la bomba atómica, final de la guerra fría, comunicación satelital, redes sociales y consolidación de la aldea global… Hoy se vive con mayor premura y muy poca paciencia. Todo caduca más rápido y aquello que hoy pasa por dogma, mañana será fábula. Circunstancias como las evocadas han provocado que los intervalos generacionales se acortaran y los ciclos vitales de la población se aceleraran. Fanáticos del récord, los adolescentes de ahora acumulan en sus cortas vidas más riesgo y experiencia que en los demorados días que morosamente trajinaron sus abuelos. Ello explica que nuevas olas generacionales con ilusiones y gustos afines irrumpan en la vida de la sociedad ya no cada 30 años como antes sucedía, sino en lapsos más cortos.

Esta es la generación de los “indignados” e inconformes. “¿Por qué –se preguntan ellos- si estamos mejor preparados no accedemos a un trabajo digno? Marginados de la construcción del futuro vegetamos en la desocupación”. ¿Democracia, justicia, libertad de pensamiento, participación social? ¿Existen, en verdad, todos estos valores o solo son gastadas palabras en boca de los políticos? Triste es reconocerlo: aquellos que llegan empiezan a descreer en esos valores que siempre guiaron nuestra convivencia ciudadana. Su decepción surge cuando constatan que otros jóvenes sufren persecución y cárcel cuando, en las calles, expresan su inconformidad; o cuando observan el espectáculo que ofrecen los personajes de nuestra comedia política. ¿Es esto democracia?, se preguntan. Cabreados –y con razón- aquí, como  en otras partes, los jóvenes claman: “¡Democracia real, ya!”
    

 Publicado en Diario El Comercio de Quito (6 de Abril 2016)

Pervivencia hispánica en los Estados Unidos


Juan Valdano

El proyecto de Donald Trump de levantar una muralla a lo largo de la frontera entre los Estados Unidos y México pone en evidencia no solo su desfasada y ahistórica visión del mundo contemporáneo sino, además, devela un inquietante indicio de lo que un sector de la sociedad norteamericana piensa de América Latina y su gente. El descabellado proyecto que este político promete llevar adelante me ha traído a la memoria otras empresas igualmente descomunales e inútiles como lo fueron la Muralla china y el Muro de Berlín. Uno y otro, titánicos esfuerzos que, a la postre, de nada sirvieron a los fines para los cuales fueron concebidos.  

Ser latino hoy en los Estados Unidos cuando un político como Trump promueve su aversión a los hispanos que viven y trabajan en ese país se ha convertido en un reto para ellos, un desafío político, una prueba de supervivencia. Una de las fortalezas de los pueblos latinos ha sido, justamente, su capacidad de resistencia, valor equiparable a su vocación universalista. Hoy más que ayer se ha vuelto necesario defender la pervivencia de la tradición hispánica en los Estados Unidos, una nación que se fundó bajo los principios de libertad, igualdad y tolerancia, razón por la cual no puede desmentir su naturaleza y la tradición de respeto al otro. Repudiar el legado de los pueblos latinos sería negar una parte consustancial de esa nación plural que son los Estados Unidos de América. Aquellos que hoy buscan excluir lo hispano de la vida norteamericana habrá que recordarles que lo español nunca fue algo extraño a la historia de esa nación. La cultura y la lengua españolas estuvieron allí presentes desde el siglo XVII, antes de que se fundara ese gran país que hoy es.

Los pueblos mexicanos y angloamericanos que, por siglos, comparten una misma frontera tienen una historia común, heroicas zagas de hombres animosos y de las cuales dan buena cuenta la memoria de sus habitantes, el español que se habla a un lado y otro del río Bravo, la toponimia del sur y el oeste de los Estados Unidos, pues ahí están esos territorios y ciudades cuyos nombres se los pronuncia ya con acento gringo, ya con rotundidad castellana: Florida, Nuevo México, California, Texas, Los Ángeles, San Diego, San Francisco… ¡Cuánto de fantasía renacentista, cuánto de perseverancia misionera e intrepidez castellana evocan estos nombres!


El hispanoamericano que llega a esa proverbial tierra de los sueños realizados, entra con el ánimo de edificar su vida y hallar un destino para los suyos; llega con la irrenunciable filiación que le otorga su cultura: su ser latino, su lengua castellana, su catolicismo. Una vez instalado allí se afilia o se adapta a las normas y costumbres del país que lo ha acogido, pues no de otra forma logrará respeto y prosperidad en tierra extraña. Con el tiempo, la patria ajena llega a ser  tan entrañable como la propia, pues se convierte en la patria de los hijos, la tierra donde un día yacerán los abuelos. Y esto lo viven y lo llevan en su ánimo cada uno de esos 40 millones de latinos que hoy comparten, por igual, rigores y esperanzas como cualquier otro ciudadano de esa nación. 

lunes, 4 de abril de 2016

El café y la vida literaria


Juan Valdano

Una de esas costumbres agradables que lamentablemente han desaparecido con el arrollador tráfago de esta sociedad posmoderna que vivimos es la del café literario, la convocatoria a la tertulia ilustrada que discurría alrededor de una humeante taza de café. Fue un rito oficiado por intelectuales, gente inquieta y de ideas, escritores y artistas que compartían experiencias generacionales y unas mismas preocupaciones vitales e ideológicas. Del arte de conversar dijo alguna vez  Montaigne que era “el más fructífero y natural ejercicio del espíritu”.

Sabido es que una simple taza de café caliente enciende el motor de las ideas, abre el entendimiento, facilita el camino de la conversación, predispone al diálogo, auspicia la amistad en un clima de sosiego, respeto y tolerancia. Y si, por añadidura, quien lo toma y degusta funge de poeta o soñador el aroma de un buen café (al menos, eso dicen) también congrega a las musas dispensadoras de las artes. Hasta mediados del siglo XX no existió, creo yo, movimiento cultural de importancia que no haya surgido del privado círculo de un café literario, germen de novedosas propuestas, teorías y modas que no tardaban en imponer cambios en el pensamiento y el gusto estético de una época.

El Procope  fue, según parece, el primero y más antiguo café de carácter literario, sus puertas se abrieron en 1686 en el barrio Saint Germain, en París. La iniciativa fue de un italiano que tuvo la idea de ofrecer café a su novelera clientela, exótica bebida procedente del Nuevo Mundo y, por entonces, la preferida en la corte real. Por su aspecto, El Procope nada tenía de taberna. Su ambiente era diferente: mesitas de mármol con sillas alrededor y cuadros en las paredes. Sus viejos muros fueron testigos de mucha historia. Se cuenta que en el París prerrevolucionario lo frecuentaban Voltaire, Rousseau, Diderot y Benjamín Franklin. En sus salones se discutieron los capítulos de “L´Encyclopédie” y no pocos artículos de la Constitución de los Estados Unidos se escribieron allí. Fue allí que se exhibió, por primera vez, el gorro frigio, símbolo de rebeldía. Luego del Procope los cafés literarios se multiplicaron en París y en otras capitales de Europa.

¿Qué había ocurrido en la sociedad europea para que las élites intelectuales se auto convocaran en sitios informales y privados para discutir sobre cuestiones filosóficas, literarias y políticas haciendo una crítica de las costumbres? El burgués había hecho su aparición en la historia; con desprejuiciada actitud se abría paso en medio de una sociedad rígida y dogmática tradicionalmente gobernada por el clero y la nobleza. El burgués laico, pragmático e ilustrado,  liberado del dogma eclesiástico, se proponía juzgar su circunstancia desde un nuevo ángulo: aquel que le ofrecían la razón y la ciencia, la observación de los fenómenos sociales y naturales. El café literario, sitio informal de reunión, ámbito de la amistad y la libre expresión del pensamiento pasó a competir con el púlpito y la cátedra, los dos centros tradicionales de la autoridad y la idea ortodoxa.

En el Madrid de 1830, el Café del Príncipe (incómodo tugurio según Mesonero Romanos), fue lugar de reunión de los más notables intelectuales y políticos de entonces. Liberales, románticos y masones caían allí con toda su ardiente fe y su rabia; allí, poetas, dramaturgos y tribunos fogosos se expresaban, blasfemaban y confundían. Y de allí salió el carácter del primer Romanticismo español.

En el siglo XX, el café literario fue ese lugar donde se parieron todos los “ismos” que pudo concebir la fecunda imaginación estética de esa época. Hacia 1950, Jean Paul Sartre, pontífice del existencialismo, ejercía su magisterio intelectual desde la mesa de un café en el parisino barrio de Saint Germain. Una tradición de siglos persistía, pues desde su nacimiento, allá a finales de XVII, el café literario se convirtió en una institución estrechamente unida a la vida intelectual de Occidente.


Los escritores de hoy inmersos como estamos en una cultura de masas, perdidos en el laberinto urbano de lo impersonal rumiamos lo nuestro en solitario, sabemos más de soliloquios que de diálogos, hemos perdido el sentido de la comunión que caracterizó a nuestros antecesores en el oficio y cual un grupo de sobrevivientes a una catástrofe nos reunimos de cuando en vez para reconocernos y descubrir que somos como Diógenes, aquel varón señero que farol en mano recorría las calles de Atenas en busca de un alguien semejante a él.