viernes, 13 de junio de 2014

Un héroe caído de las nubes



Juan Valdano

    Hacia la década de los 40 del siglo pasado habían transcurrido casi cuatro siglos de vida histórica de la ciudad de Cuenca y la urbe continuaba retenida al interior de los estrechos lindes que, desde los días de su fundación, habían marcado los colonizadores hispanos. Circunstancia amable que a sus vecinos permitía trajinarla a pie de un extremo a otro, lo que la tornaba tranquila, humanamente accesible.

    Más allá de sus fronteras seculares: San Blas al Norte y San Sebastián al Sur, más allá del barranco que bordea el Tomebamba se extendía el campo azuayo con sus maizales siempre enhiestos y enflorados, sus huertos de hortalizas cruzados por acequias rumoreantes, sus aires impregnados del medicinal aroma de los eucaliptos, los sauces a la vera de un camino, su liviano olor a retama. A despecho de los pocos resabios de modernidad, la vida de la pequeña urbe continuaba con su habitual ritmo, atrapada en la murria provinciana, sin mayores sobresaltos y tentaciones.


    Acontecimiento digno de perdurable memoria fue el aterrizaje del primer aeroplano en un potrero de los arrabales de la villa, hecho ocurrido el 4 de noviembre de 1920. El protagonista de la audaz hazaña fue el italiano Elia Liut, un héroe de la guerra que, poco antes, había concluido en Europa. El ligero biplano de Liut que ese día partió de Guayaquil rumbo a Cuenca, una frágil estructura de madera y lona, hizo historia al hendir los cielos ecuatorianos y cruzar, por primera vez, la muralla de los Andes. Hacia las once de la mañana, la pequeña nave de Liut zumbaba como un moscardón por encima de las torres de Cuenca. El corresponsal de un diario guayaquileño envió el siguiente mensaje telegráfico: “A las 11:25 el aviador vuela por el cielo de Cuenca a 500 metros de altura. Delirio general. Se rompen las campanas. Hurra. Vivas y cohetes”. Han quedado testimonios del recibimiento afectuoso que en esa ocasión rindieron los cuencanos al intrépido piloto. Como en todo suceso memorable y siguiendo una bien sentada tradición morlaca, no pocos bardos de la ciudad encomiaron en pulidos sonetos la proeza del aviador a quien lo llamaron “paladín del vuelo,” “haz del hangar latino” y otras cosas por el estilo. Siete días duró el festejo y siete días después de su aterrizaje en el campo llamado “de Jericó”, Liut remontó el vuelo con destino a Riobamba. Según lo dijo, le fascinaba la idea de mirar la sombra de su frágil nave manchando las eternas nieves del Chimborazo. Acuciosos cronistas guardaron sus palabras de despedida, palabras que hablan de lo mucho que recibió y vivió en esos días de gloria: “Cuenca, tierra de las flores, de las bellezas y de los cóndores; la de poetas, artistas y guerreros; Cuenca que tan galanamente arrojaste sobre mí tus flores cuando pisé tu suelo de esmeralda, ¡adiós! ¡Adiós cuencanos! Bella Cuenca, hermosas cuencanas, adiós!”

 Publicado en Diario El Comercio 10 - 05 - 2014 

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