miércoles, 6 de noviembre de 2013

Brujas y candelas




Juan Valdano

    Desde hace unas décadas, cada 31 de octubre irrumpe en nuestro calendario la extraña celebración del Halloween. Digo “extraña” por lo intrusa e importada para nosotros los ecuatorianos, ya que no se origina en ninguna tradición latinoamericana ni tampoco en las costumbres de los pueblos ibéricos. Su intromisión y persistencia obedecen, claro está, a ese afán nuestro y nunca desmentido, de contagiarnos de lo ajeno, de adherirnos a lo foráneo; y, desde luego, a la eficaz promoción de modelos de conducta que difunde una cultura globalizada a través de medios de comunicación. Lo cierto es que resulta ya una costumbre, entre escalofriante y bufa, el presenciar ese día un insólito desfile de brujas, espectros, cadáveres ambulantes y más tétricos personajes portando flamígeras calabazas, un aquelarre en el que son los niños los principales protagonistas.

    James George Frazer, célebre autor de “La rama dorada”, da cuenta de los remotos orígenes del Halloween. Sus inicios estarían en el festival ígneo que solían celebrar los pueblos celtas la noche de la “víspera de todo lo sagrado” (All-hallow Even) que es el 31 de octubre, vigilia de Todos los Santos. En esa fecha, según el calendario celta, se iniciaba el año nuevo, por lo que los fuegos del Halloween en las montañas de Irlanda eran ritos purificatorios, la quema de lo viejo y la bienvenida a lo nuevo. Llega noviembre y en Europa se abren las puertas del invierno, el viento helado sopla en las desnudas arboledas, vuelve el tiempo de la esterilidad y el recogimiento. Para los antiguos celtas era el tiempo de la evocación de aquellos que se fueron, el culto pagano de los muertos. Las ánimas abandonaban los fríos cementerios para buscar el calor de la antigua casa y, junto a los parientes vivos,  abrigarse en torno al hogar doméstico. Pero esa noche, los difuntos familiares no llegaban solos, tras ellos desfilaba una terrorífica procesión de espectros, fantasmas, brujas volantes, duendes, momias resecas y más habitadores del inframundo quienes vagaban entre las sombras para aterrorizar al incauto que tenía la mala suerte de topar con uno de ellos al abrir una ventana o virar una esquina.

    Si estas celebraciones tuvieron su sentido en una sociedad arcaica con pensamiento mágico ¿cuáles podrían ser los motivos por los cuales persisten en las complejas sociedades contemporáneas? El Halloween y su culto por lo macabro bien podría parecer un simple juego de niños, sin embargo, el creciente entusiasmo que hoy despierta entre nosotros no deja de ser un inquietante síntoma de algo más profundo. ¿No será que los sentimientos de terror, asco y la conmoción por lo espantoso se han vuelto algo cotidiano en nuestras vidas? Echemos un vistazo al espectáculo cotidiano: la crónica roja (crimen, violación, asalto, sangre) copa los espacios de la prensa; la televisión alimenta un sentimiento colectivo de horror: la muerte, en su aspecto más espeluznante y sangriento, está siempre al centro de la escena; personajes monstruosos y violentos son los héroes que admiran nuestros niños; las quiebras y el desplome de la economía global son noticias de cada día; el fantasma del terrorismo quita el sueño en las ciudades; el trauma de la amenaza atómica alimenta la obsesión colectiva de un apocalíptico final del mundo. La sociedad contemporánea ha creado un morboso culto a la muerte, fomenta un clima de terror, de tragedia inminente. En fin, hay una proclividad por lo negativo y asqueroso. A pesar de que la sociedad del siglo XXI ha alcanzado mayores niveles de bienestar material y de seguridad social vivimos atenazados por el miedo: la confianza que antaño teníamos en la comunidad ha sido sustituida por la inseguridad. He aquí unos cuántos signos que indican que hemos dejado de lado la preferencia por los valores sociales positivos.

Nov. 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario