miércoles, 6 de noviembre de 2013

Los tiranos y sus novelas



Juan Valdano

No ha habido en Hispanoamérica dictador con caché que no haya pasado a la categoría de ilustre personaje literario.

         Si bien es verdad que los hispanoamericanos no somos los inventores de esa forma del Mal que son las dictaduras, sin embargo, la torturada historia de este Continente muestra que nuestros pueblos han debido sufrirlas cíclicamente como esas pestes que llegan y se quedan para desdicha de la humanidad. Parece que fue Julio César quien primero modeló el arquetipo del dictador vitalicio, patrón que muchos han imitado y siguen imitando imbuidos, como siempre, de la idea de que son ellos y nadie más que ellos los únicos guías y protectores de sus pueblos.

         La figura del dictador emerge cuando una sociedad está a punto de naufragar en la anarquía y el caos; para conjurar el peligro surge la necesidad de un caudillo que sea capaz de restablecer el orden y la ley. Tal fue el caso de García Moreno. Hay caudillos que, una vez trepados al poder, se engolosinan con él, inventan formas de eternizarse en el mando. Se erigen en destino de los ciudadanos, convierten en ley su arbitraria voluntad, constriñen la libertad individual. En vez de instaurar la armonía, se agrava la discordia. El tirano es ese rey que las ranas pedían a Júpiter les enviase. Tanto clamaron que el dios les envió lo que ellas merecían: una sierpe que acalló el charco devorándolas

         Nada bueno suelen dejarnos los tiranos a no ser la leyenda que tras  ellos pervive siempre. Sombría leyenda la suya, conseja que se  queda flotando en el tiempo, en tanto que su vera efigie se pierde en el pasado; fantasía que pasa a formar parte de la fábula que acerca del poder tiene el pueblo y que se convertirá, luego, en cantera inagotable de la que los escritores extraerán personajes y situaciones que pasarán a formar parte de novelas y relatos.

          No ha habido en Hispanoamérica dictador con caché que no haya pasado a la categoría de ilustre personaje literario. Mientras más inverosímiles son sus historias más cerca de la verdad se hallan. Entre los galardonados figuran: Rosas, el Doctor  Francia, García Moreno, Veintemilla, Estrada Cabrera, Rafael Trujillo, Juan Vicente Gómez, Manuel Odría. Acerca de sus crueldades, megalomanías, soledades, crímenes, vicios y pequeñeces han escrito y con provecho no pocos narradores: Mármol, Montalvo, Asturias, Roa Bastos, Carpentier, García Márquez, Alicia Yánez, Dávila, Vargas Llosa, en fin.

         Luego de hurgar en la desolada vida de estos tiranos hubo escritores que se sintieron decepcionados. Nada grandioso ni humanamente excepcional hallaron en ellos. Juan Montalvo se quejó por tener que enfrentarse con tiranuelos tan esmirriados que convertían en grotesco sainete toda esa máquina mortífera que él  estruendosamente movió en “Las catilinarias”. Con razón comentó Augusto Monterroso: “Todo el mundo desea un dictador auténtico, un Julio César, un Napoleón, un padre que valga la pena. Pero a nosotros siempre tienen que salirnos estos pobres diablos hechos a imagen y semejanza nuestra”.    

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