miércoles, 26 de junio de 2013

El jardín iluminado de Monet


Juan Valdano

   Pintura sin anécdota, referida a sí misma, preludio del abstraccionismo del siglo XX y del expresionismo pictórico de un Jackson Pollock.

    Del pintor Claude Monet se cuenta una anécdota que lo retrata en su terco empeño por llegar a capturar en sus lienzos el pulso de la luz vibrando en el paisaje. Narra la historia que un día, provisto de paleta, pinceles y bastidor plantó su caballete en una playa de Normandía resuelto a pintar el oscilante mar cuyas olas venían a morir en la arena. Y cuando ya se hallaba a punto de concluir el cuadro, se levantó una ola que lo envolvió de repente llevándose consigo la pintura y al pintor, quien, si no salió ahogado sí, al menos, con las ilusiones perdidas.

    Monet, pintor del pleno aire y de la luz cambiante,  baja el cielo y las nubes a sus cuadros, los jardines en ellos se ventilan con la brisa. No son paisajes recordados, son visiones fugaces  de un feliz hallazgo del mundo, impresiones efímeras de una vivencia poética de la naturaleza, el gozo pasajero de los sentidos. Decir que pinta el cielo resulta una metáfora tan vacía como trillada, porque lo que pinta es el eco visual del cielo y las movedizas nubes en el penetrable espejo de un estanque. Al mirar esos cuadros suyos en los que las olas marinas se rompen contra los acantilados de Normandía nos subyuga la visión de aquel magnífico espectáculo en el que el mar estalla con fuerza en la abrupta roca y, por misteriosas asociaciones, me ocurre, a veces, que a los oídos me llega esa célebre sinfonía que sobre el mar escribiera Debussy, ese otro impresionista.

    Por un juego visual y mental (novedoso hallazgo del Impresionismo), aquellas pequeñas manchas de color puro que Monet dejaba caer sobre la tela llegan a la retina de quien las contempla ya no aisladas ni yuxtapuestas, sino milagrosamente combinadas produciendo la magia de un color compuesto que vibra con la cálida luz del día.

    Si quien mira uno de sus jardines de Giverny es un espectador dotado de imaginación hasta podría entrar en el cuadro y deambular por esos senderos  bajo la tamizada luz diurna, entre el rojo de las amapolas, el blanco de los lirios, el azul de los corimbos y la verde cabellera de sauces llorones que se miran en estanques donde flotan islas de ninfeas. Y hasta es posible que, por un previsible juego de sinestesias, a la vez que el color de las flores nos subyugue, su perfume nos exalte. Si no hay capacidad de asombrarse no será posible penetrar en el misterio de ese pequeño mundo de apariencia salvaje que, sin embargo, guarda su secreta armonía. En algunas de las telas, como sus puentes y ninfeas, se sugiere un espacio sin límite y sin medida y, a la vez, íntimo y decorativo. Pintura sin anécdota, referida a sí misma, preludio del abstraccionismo del siglo XX y del expresionismo pictórico de un Jackson Pollock.


    No es impertinencia afirmar que Claude Monet buscaba trasladar a su pintura esa misma idea del arte “visionario” que, por aquellos años y en los antros bohemios de París, subyugó a ese joven díscolo y provocador llamado Arthur Rimbaud.

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